Por Manuel Nava

México atraviesa el momento más violento de su historia. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), por tercer año consecutivo se acumularán más de 36 mil víctimas de homicidio en México.

De continuar la tendencia delictiva, para el 2022 la situación será más preocupante, especialmente en estados en donde se han registrado niveles muy altos de violencia.  Se prevé será un año aún más violento, pues a la lista se suman masacres en estados como Guanajuato, en donde recientemente fueron asesinadas 20 personas en Silao, incluidos menores de edad.

Asimismo, se incluyen disputas entre cárteles de droga en otras entidades: Michoacán, Jalisco, Zacatecas y Tamaulipas.

El crimen organizado a veces se manifiesta de forma violenta y provoca auténticas escenas de guerra; y otras, espera silencioso, sin el ruido de la metralla ni la irrupción de los soldados, a que alguien se atreva a tocar su plaza.

Como una enfermedad degenerativa, su poder se ha ido extendiendo por cada coordenada y produce cada año más dolor, más víctimas. No hay un rincón de México donde el narco no tenga presencia.

La escalada de la inseguridad y la violencia en el país  se puede analizar por lo menos desde tres aristas. La primera es la adaptación, transformación y reactivación de los grupos paramilitares creados por el Estado.

La segunda es el desarrollo y expansión de las operaciones de los cárteles mexicanos en la geografía nacional, así como la consecuente disputa por el control territorial.

La tercera es la actuación de estos grupos al margen de la ley, que por lo regular resultan estar cobijados por funcionarios públicos o por quienes deberían de encargarse de la protección y de la seguridad del pueblo, lo que les permite un alto grado de impunidad.

Es decir, detrás del fenómeno de la seguridad y la violencia se mueven intereses estatales, industriales, empresariales y de distintos agentes privados (legales e ilegales).

Como parte del país, la Región Pacifico Sur está impregnada para este fenómeno. La violencia y la variedad de delitos existentes se han vuelto cotidianos. Aunque no toda la violencia es atribuible a grupos del narcotráfico, estas bandas han ido tomando de espacios de la vida de las diferentes sociedades.

No solo son los hechos recientes en Guerrero y Michoacán, en redes sociales se comenzaron a difundir imágenes y videos de personas encapuchadas y con armas largas que recorrían las calles de San Cristobal de las Casas, Chiapas, atemorizando a las personas.

De acuerdo con medios locales, se trata de un grupo que se hace llamar “Los Motonetos” y que está presionando el cambio de administración en un mercado que se encuentra a la salida de San Cristóbal.

Esto fue confirmado por Mariano Díaz Ochoa acalde de ese municipio, quien dijo que se trata de una disputa por el mercado privado. Rechazó que se trate de grupos criminales, pero señaló que no podían hacer nada por la cantidad de armas y personas.

En entidad se han identificado a tres organizaciones criminales que se reparten el poder del estado. El Cártel de Sinaloa, con el pleno control de la frontera con Guatemala; el Cártel Jalisco Nueva Generación, que se extiende a la costa suroccidental y el Cártel del Golfo, con una pequeña franja de poder que se extiende desde el Pacífico hasta la frontera con Oaxaca y la parte del sur de Veracruz.

el Cártel de Sinaloa es el de mayor presencia en Chiapas.Pero en el estado también se han asentado otros cárteles como Los Zetas, cuya presencia fue identificada en Tuxtla Gutiérrez.

Tras las elecciones, la violencia en Chiapas ha tenido un comportamiento inestable.

En Guerrero se sabe que operan 22 grupos dedicados al tráfico de enervantes y 18 de civiles armados autollamados policías comunitarios. En el primer caso están el cártel Jalisco Nueva Generación, La Familia Michoacana, Guerreros Unidos, Los Rojos, Guardia Guerrerense, Los Tlacos, Cártel Independiente de Acapulco, Los Granados, Los Ardillos, Gente Nueva, Cártel del Sur, Caballeros Templarios, Sangre Nueva, los Añorve, los Beltrán Leyva, Los Rusos, La Empresa, Los Capuchinos y el Cártel de la Sierra La Bandera.

En Michoacán operan por lo menos una docena de organizaciones dedicadas a la delincuencia organizada, entre las que se menciona Los Vengadores, una facción del Cártel de los Valencia; Los Locos de la Sierra, Los Justicieros, La Vieja Guardia, Grupo H3, El Grupo de El Metro, Los Caballeros de Elite, Brazo de Oro, El Grupo del Cenizo, Grupo Iris y Los Cinco del Cerro. Desde luego que también existen células del Cártel de Sinaloa.

En Oaxaca se ha detectado la presencia de cuatro organizaciones criminales o cárteles de la droga que generan violencia en la entidad oaxaqueña.

De los seis grupos criminales más grandes que operan en el país, tres tienen presencia en el territorio oaxaqueño como son: Cártel de Sinaloa, Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y Cártel del Golfo (CDG) y una cuarta organización criminal es el Cártel de Oaxaca o del Istmo de Tehuantepec.

La violencia es la semilla del odio, diría la abuela.