Enfoque Informativo
Desmanteló instituciones, persiguió opositores, empujó al exilio a millones de venezolanos y convirtió al Estado en un aparato de castigo para quien pensaba distinto. Pisoteó derechos humanos, coartó la libertad de expresión y expropió lo que quiso, cuando quiso. Dispuso de Venezuela como si fuera su propiedad.
Destruyó fuentes de empleo, ahuyentó inversiones y frenó el desarrollo del país que decía defender. Para sostener ese control, sembró miedo: policías, persecución, amenazas y cárcel.
No “ganaba” elecciones: las manipuló y, cuando fue necesario, las robó. Se comportó como presidente, candidato y árbitro al mismo tiempo. Amañó el sistema para tener comicios a modo: alineó autoridades electorales, torció reglas y persiguió a disidentes. Calló al periodismo, se apoderó de medios y los convirtió en instrumentos de propaganda. Capturó al Poder Judicial, puso jueces a modo y aplastó cualquier contrapeso hasta dejar una sola voz: la del régimen.
Yo defiendo la autodeterminación de los pueblos, sí. Pero no podemos quedarnos callados ante el autoritarismo. La autodeterminación no es un cheque en blanco para instalar dictaduras. Solo quien no quiere ver, ignora el daño que Maduro le hizo a la democracia y a su propio pueblo.
La soberanía no es robarse los votos; la soberanía es que el pueblo pueda elegir en libertad, quitar y poner, cambiar gobiernos sin temor a represalias.
Y no hablemos de lo evidente: corrupción pública, redes familiares de poder, y la sospecha permanente de un Estado tomado por intereses criminales.
Hay que decir las cosas como son, sin disfraces discursivos: democracia y libertad, siempre. Por encima de todo.











