Por Juan Carlos Gómez

La ubicuidad digital transformó la vida personal, social y política. Sus víctimas son la dignidad humana y la democracia.

Los 1.400 millones de habitantes en China viven bajo constante vigilancia. En las calles, en el transporte, sus compras, sus llamadas y chats. Gracias a los datos recolectados, las autoridades chinas tienen establecidos patrones culturales, sociales, étnicos y políticos. Explicable que así sea en un Estado que no está inspirado por los principios que proclaman las democracias occidentales.

La reciente sentencia de la Corte Suprema de los Estados Unidos revirtió los efectos de la sentencia Roe vs. Wade, además de sus trascendentales efectos en el ejercicio de los derechos civiles. Gracias a la recolección de datos, también en ese país las autoridades tienen las herramientas para perseguir y reprimir. En los estados de la unión en donde el aborto es ilegal, seguramente los fiscales querrán utilizar la evidencia de pagos digitales a centros de salud o farmacias.

Para enfrentar la invasión digital existen herramientas y trucos más sofisticados, como los que sugiere Electronic Frontier Foundation en su página web (ssd.eff.org), pero su utilización requiere habilidades que no tienen los usuarios del común.

Sí; podríamos desaparecer por instantes del mundo digital. Por ejemplo, dejar el teléfono celular en casa (pero encendido para despistar) e irse por ahí sin dejar rastro, al menos por un rato. Efectuar ciertos pagos en efectivo y no utilizar las aplicaciones de transporte tipo Uber.

Las Big Tech, cada vez más asediadas por las autoridades y la regulación, han establecido mecanismos más fuertes para proteger la privacidad de sus usuarios. En medio de la tormenta que suscitó la referida sentencia de la Corte, los trabajadores de Google han promovido la eliminación de la información rastreada en sus motores de búsqueda que afecte el ejercicio del derecho al aborto e, incluso, la referente a los ciclos menstruales de sus usuarias.

Es una paradoja, pero, la iniciativa y la propia voluntad de las Big Tech pueden ser, en últimas, los mecanismos más inmediatos y efectivos para impedir que se difundan noticias falsas y mensajes de odio y se abuse de la privacidad de sus usuarios.