“La democracia no consiste solo en la garantía de libertad política; entraña a la vez la posibilidad para todos para alcanzar un mínimo de felicidad siquiera”. Hipólito Yrigoyen.

De una u otra forma todos la buscamos. ¿Quiénes la alcanzan? ¿Quiénes la dominan? ¿Qué no existe? En realidad resulta un termino especulativo y hasta ingenuo, todo depende del entorno o contexto en que se le mencione. Estoy hablando de la felicidad.

Hoy la felicidad se ha convertido en un producto más que cotizado y con elevada demanda. Esto lo saben bien los gurús, los predicadores, los publicistas, los genios del marketing y por supuesto los políticos. Podemos imaginar a un supermercado de ideologías en donde con aromas mezclados de diversos inciensos, sándalo y diversas yerbas aromáticas, nos encontraremos con muchos puestos y tendidos con los profetas de fe, algunos hasta audaces vendiendo nuevas fe´s y de como por medio de ellas llegar a la conquista de la tan anhelada felicidad. Encontraremos pues a los barbudos, a los maestros orientales, desde luego que a los modernos gurús y sabios, y a los que nos mostrarán los nuevos adelantos y descubrimientos tecnológicos ofertando todos ellos “la felicidad, el bienestar y el buen vivir”.

Todas y todos ofrecen lo mismo, un paraíso en la tierra, la felicidad fácil de obtener y casi a la vuelta de la esquina, y así, una serie de analgésicos infalibles.

Bueno, lo cierto desde mi humilde opinión, es que veo que de pronto nos olvidamos que la felicidad no es un tema para los charlatanes, para los fanáticos, los inventores de fe ni para los políticos tampoco. Nos olvidamos que la felicidad es incumbencia total del fuero interno de las personas en forma individual y siempre dentro del campo de la ética.

La felicidad así como el ser libres de pensamiento, corresponde a la intimidad de las personas, lo que es distinto al bienestar en lo general de los ciudadanos, lo que es cosa pública y que esto corresponde al Estado y por lo tanto, sí, a los políticos, como reza un comentario popular: “Entre menos Estado, más individuo; mientras más Estado menos libertad”.

Se infiere naturalmente que la felicidad necesariamente supone un grado de insatisfacción, que se necesita o se echa de menos la obtención de algo, de ser alguien, de trascender quizá en el ámbito de lo que el individuo en lo particular considera importante. 

El impulso de ser feliz, dicen la generalidad de los psicólogos, es una muy legítima afirmación del ser o del yo, una clara y justa expresión del individualismo sano, un estar bien con lo que nos rodea, y una proyección ética de la conciencia con el mundo.

Vemos pues en las noticias internacionales y algunas en nuestro país, que hay iniciativas, algunas muy antiguas y otras de actualidad, las que son propuestas de Estado paternalista que ofrecen felicidad. Esto ya había ocurrido (y aún ocurre) en regímenes totalitarios con una ideología férrea que no permitía disidencia alguna y en los que las generaciones presentes eran sacrificadas en nombre de una hipotética felicidad futura. Entonces, la felicidad –algo esencialmente privado-, se empantanó en esa cosa viscosa que es la política. En Venezuela, por ejemplo, se ha creado un pomposo “Viceministerio de la Suprema felicidad del pueblo” y vayan a saber ustedes qué significa aquello. En el Ecuador, el Gobierno de la Revolución Ciudadana está empeñado en “medir la FIB” (Felicidad Interna Bruta). Y todos estamos deseosos de saber cuán grande es nuestra FIB, pues, según parece, un genio ha inventado un novedoso felizómetro (valga el neologismo). Y es que la misma palabra felicidad tiene un estatus especial en la trama discursiva.

Si lo primero, contagiará de fantasía y puerilidad una historia que, de antemano, consideramos inventada, pues al igual que las hadas, la felicidad contamina de ingenuidad los relatos infantiles. Si lo segundo, bien podríamos zambullirnos en honduras metafísicas. 

El brillo del éxito, de la felicidad y de la satisfacción en la vida, son términos también muy discutibles como la propia verdad, lo mucho que puedan significar para uno, pudieran significar nada o poco para el otro.

Ahora bien, si vemos a la felicidad desde una óptica meramente espiritual, de donde creo que en realidad se ve mejor, la felicidad no es un sentimiento, emoción, o un arrebato que sentimos en aquellos momentos en que nos sucede algo que deseamos o que nos resulta agradable, creo que es mucho más. Lo veo en realidad como una virtud, como un poder que reside en el alma, como un estado mental que debemos cultivar. Podemos alcanzar la felicidad cuando logramos crear armonía a pesar de las circunstancias, ya que estas sabemos que ocurren y son sorpresivas para bien o para mal, pero que podemos elegir como reaccionar ante ellas. Podemos alcanzar felicidad honrando nuestra vida y la de los demás. 

Podemos ver si dejamos abierta la puerta a nuestra sensibilidad y a nuestras emociones que sin duda la felicidad es frecuente, que todos los días puede sorprendernos si estamos dispuestos, decía Borges: “No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. Creo que no se equivoca. Finalmente creo que la belleza así como la felicidad, están ahí, a nuestro alcance diariamente, y que ya depende de nosotros el querer vivirla, sentirla y experimentarla, al final la opción es nuestra.

Les abrazo.

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