Jorge Tovar

La Superliga europea está frenada, pero no muerta. Por ello es necesario proponer esquemas que hagan viable y sostenible la Champions League. La principal crítica al formato de Superliga que plantearon los 12 autoelegidos es su estructura cerrada. La dinámica del fútbol en sus casi 160 años de historia ha llevado a que quienes son grandes hoy, no lo sean mañana. Ni siquiera los sempiternos Real Madrid y Barcelona. Antes de la llegada de Di Stéfano, el Real Madrid apenas había ganado dos títulos de liga, cuando el Athletic de Bilbao ya tenía 5, el Barcelona 6 o el Atlético de Madrid 4. El Barcelona, por su parte, entre 1955 y 1990 apenas ganó 4 títulos de liga, y no fue hasta 1992 que quedó campeón de la Copa de Europa. El Madrid, además, estuvo 32 años sin levantar la orejona.

Ese formato cerrado, centrado en unas pocas ciudades de apenas tres países, era la receta perfecta para matar el fútbol. Pero la Superliga planteaba algunos puntos que merecen ser tenidos en cuenta. El más importante de ellos, el de su supuesta inviabilidad económica, es relativamente sencillo de resolver. Si los costos son muy altos, y los ingresos son insuficientes, lo natural es incrementar ingresos o disminuir costos. Si los ingresos no pueden aumentar más (ya antes de la pandemia, los derechos de televisión en las grandes ligas se estaban negociando a la baja), hay que frenar la espiral de gastos. Y en el fútbol el principal rubro es el de los salarios.

Messi, nos enteramos hace unos meses, gana €140 millones anuales. Los rumores sobre una posible salida de Haaland del Borussia Dortmund hablan de primas para el agente y el padre que rondan, para cada uno, los €20 millones. ¿Por qué los equipos más ricos no pueden acordar en conjunto con la UEFA una restricción de salarios y limitar el porcentaje a intermediarios? Fijar topes no va a quebrar futbolistas, pero sí va a hacer viables a los equipos, al tiempo que los obliga a competir por algo más que dinero.

Otro punto importante es el de la competitividad de las ligas nacionales, que hoy oscilan entre los 18 equipos de la Bundesliga y los 20 de las demás. Desde hace muchos años se ha planteado 16 como el número ideal. Además de minimizar partidos frente a equipos menores, permitiría abrir espacio para más partidos de alto nivel en Europa. Por ejemplo, reducir mediante eliminatorias directas, con cabezas de serie, los 32 equipos iniciales a 16. Posteriormente dividir los 16 en dos grupos de 8, todos contra todos a ida y vuelta, y luego los 2 mejores de cada grupo, jugar semifinales. Este esquema, en el que el campeón juega 19 partidos (en lugar de los 13 actuales), sacrifica al fútbol pequeño (juegan dos partidos), pero mantiene la competición abierta al tiempo que maximiza la competitividad y los partidos entre grandes, uno de los objetivos de la Superliga.

 

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