Cuando Dante Alighieri murió hace 700 años, el 14 de septiembre de 1321, acababa de poner sus florituras finales en la “Divina comedia”, un poema monumental que inspiraría a los lectores durante siglos.

La obra sigue el viaje de un peregrino a través de los tres reinos del más allá cristiano: el infierno, el purgatorio y el paraíso

En él se encuentra con una variedad de personajes, muchos de los cuales están basados en personas reales que Dante había conocido o de las que había escuchado.

Uno de ellos es una mujer llamada Sapia Salvani. Sapia se encuentra con Dante y su primer guía, Virgilio, en la segunda terraza del purgatorio.

Ella les cuenta a los dos cómo se selló su destino en la otra vida: cómo se paró en la ventana del castillo de su familia y, con las tropas reunidas en la distancia, rezó para que su propia ciudad, Siena, cayera.

A pesar de su ventaja, los sieneses fueron masacrados, incluido el sobrino de Sapia, cuya cabeza fue exhibida por Siena en una pica.

Sapia, sin embargo, se sintió triunfante. Según Dante y los teólogos medievales, había sido víctima de uno de los siete vicios capitales, la invidia o envidia.

La representación de Sapia en la “Divina Comedia” está imbuida de implicaciones políticas, muchas de las cuales se reducen al hecho de que Dante culpó de la violencia de su tiempo a quienes se volvieron contra sus comunidades por arrogancia y codicia.

Pero la verdadera Sapia era incluso más interesante de lo que Dante quería hacerles creer.

Fuentes documentales revelan que era una filántropa comprometida: fundó junto a su marido un hospicio para los pobres en la Via Francigena, una ruta de peregrinaje a Roma.

Cinco años después de presenciar la caída de Siena, donó todos sus bienes a este hospicio.

 

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