Piedad Bonnett

En menos de un mes nos dejaron tres excelentes escritores: Julio Paredes, Jaime Jaramillo Escobar (X504) y Antonio Caballero. A los dos primeros es posible que muy pocos los conocieran, en un país donde muy poca gente lee. Julio, que murió joven todavía, publicó a lo largo de su vida cuentos y novelas escritos con una prosa parca, seca, un tanto misteriosa, influida por la precisión de la narrativa norteamericana y de los escritores ingleses y centroeuropeos. El mundo que le interesó fue el de las historias íntimas, de seres corrientes enfrentados a su destino, a dilemas morales, a preguntas sobre sí mismos en medio de atmósferas inciertas y entornos donde la grandeza de lo heroico no existe. Jaime Jaramillo Escobar, que se inició en el nadaísmo y leía sus poemas con una teatralidad cautivadora, escribió una poesía fresca, sensual, de tono sentencioso, en la que con mirada descreída —“la tierra es nuestro único cielo”— y voz por momentos sarcástica supo expresar el júbilo de estar vivo a pesar de la inminencia de la Muerte, gran protagonista de sus poemas. Antonio Caballero, hombre polifacético, escribió y dibujó guiado por su visión crítica y ácida de la sociedad, a la que jamás hizo concesiones y a la que diseccionó con una prosa filosa, implacable, pero también con la elegancia de estilo y la finura de espíritu que no tuvieron quienes en los últimos tiempos lo llenaron de denuestos con grosera agresividad.

Los tres fueron hombres comprometidos con su oficio y sus convicciones, que hicieron de la escritura un acto de fe, pues no es otra cosa escribir contra el escepticismo que se lleva adentro, confiando, después de todo, en el poder que tiene la palabra de rescatar la belleza del mundo, de mostrar la condición trágica del hombre y el sentido de sus dilemas éticos, o de destapar la podredumbre y pequeñez de una sociedad que persevera en sus vicios. Los tres vivieron de sus oficios: Julio Paredes, como editor; Jaime Jaramillo, como publicista, antes de dedicarse, con pasión que lo hizo feliz, a su taller de poesía en la Biblioteca Pública Piloto, y Antonio, como colaborador de varios medios nacionales. Escribir, en cambio, no era para ellos un trabajo sino una vocación. “El poeta que trabaja —escribió Jaime Jaramillo— va dejando poco a poco de ser poeta y se convierte en trabajador. (…) Ah, que no llegue ese día para el poeta, porque ese es el día de su muerte (…) andará el resto de su vida convertido en sarcófago de sí mismo…”. Cuenta Federico Gómez Lara en reciente columna que cuando Caballero renunció a la revista Semana hablaron sobre una propuesta de Juan Carlos Iragorri de hacer unos cursos virtuales de historia. Y que Antonio le contestó, con su humor mordaz: “Es que yo no sé trabajar y no pienso empezar ahorita”.

Adenda. Indigna que la dictadura de Ortega ordene la detención de Sergio Ramírez dizque por “incitar al odio” y por “el delito de lavado de dinero, bienes y activos”. Como explica el escritor, un hombre íntegro que ha denunciado con valentía las violaciones a los derechos humanos en su país, a lo que le teme su antiguo compañero de lucha, más que a su accionar político, es a su nueva novela, una sátira política titulada Tongolele no sabía bailar. Siempre el poder ha temido a los escritores.

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