Bàrbara Díaz

Hace cuatro años el país encontró refugio en una selección colombiana inspirada, que simbolizó las virtudes de la unión, la disciplina y la diversidad. Veníamos entonces, también, de unas elecciones que nos dejaron muy divididos, y sin embargo el equipo de Pékerman y sus dirigidos nos hizo reencontrarnos alrededor de camisetas amarillas. Hoy, cuando se estrena nuestra selección en el Mundial de Rusia, podemos encontrar de nuevo esa excusa para reconciliarnos y entender de nuevo que compartimos un mismo país.

El fútbol ha ido de la mano con la historia colombiana. Las peores características de nuestra nación lo han permeado, como en los años en los que el narcotráfico influyó en resultados y compró equipos para lavar dinero. También, sin embargo, ha sido un espacio para la redención y la esperanza; una muestra de la tenacidad de los colombianos y de todo lo que podemos lograr cuando hay determinación, honestidad y buena voluntad.

El fútbol es, entonces, reflejo de nuestras paradojas: un país que es capaz de matarse en la insensatez que se cuela en las barras bravas, pero que, al mismo tiempo, ha creado en el deporte una opción de proyecto de vida para muchos colombianos talentosos.

No es coincidencia, entonces, que los convocados por José Néstor Pékerman lleven consigo historias marcadas por nuestra violencia y sean, en sí mismos, ejemplos a seguir. Lo escribió hace unos días Armando Montenegro en columna para El Espectador: “La historia de los jugadores (de la selección) —sus sufrimientos, esfuerzos, creencias y alegrías— es, en realidad, una muestra de la vida de millones de jóvenes colombianos. Esa historia es un espejo donde se pueden ver muchas de las realidades de nuestro país”.

En la cancha habrá víctimas del conflicto armado, de la delincuencia común, de la profunda desigualdad económica, de las diferencias entre el país urbano y el país rural. Todos ellos demuestran cómo la disciplina, la determinación y la honestidad son herramientas con las que se pueden construir vidas ejemplares.

Por eso es tan importante que millones de colombianos, en situaciones similares, puedan ver con orgullo a la selección; sepan que vale la pena seguir en la lucha.

Después de una contienda electoral que dejó al país dividido en aparentes extremos, con muchos resentimientos y heridas que llevan años sin sanar, volvemos a la selección de Colombia con ansias de encontrar refugio.

No se trata, por supuesto, de ver el fútbol como un sedante, ni de asumir que es mejor dejar de pensar en los retos enormes que vienen con el nuevo Gobierno y las elecciones locales del año entrante. Sí es, en cambio, una oportunidad para volver a las raíces, recordar esas verdades que, tal vez por obvias, se dan por sentadas o se olvidan del todo: que Colombia somos todos, que el país necesita la colaboración de todos sus sectores para salir adelante, que pese a las diferencias hay que encontrar la manera de trabajar juntos.

Incluso si la selección no logra superar la primera ronda de la Copa, la sola clasificación y haber tenido la oportunidad de verlos en Rusia es argumento suficiente para la unidad nacional. No deja de ser mágico ese ejercicio en el que todos nos detenemos por 90 minutos para empujar hacia el mismo lado.

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