Por: Mario Méndez

No hablaremos de los ayatolas de Irán, país donde se mezclan en clara simbiosis los elementos del poder político con los supuestos o reales preceptos de la religión predominante. Estamos, en plena campaña electoral por la Presidencia de la República, ante la adhesión de grupos que en las últimas décadas se incorporaron a la cultura colombiana, en una proliferación de iglesias que resulta sospechosa en la medida en que, dado nuestro medio, se constituyen —a tiempo con sus homilías— en un refrenamiento poderoso contra el desarrollo de la conciencia política, tan necesaria para el cambio social. ¡Y todo en un país laico, de acuerdo a su Constitución! ¿Por qué decimos que resulta sospechoso el surgimiento de tantas iglesias, fenómeno que se intensifica sobre todo desde los años 50?.

Hablando con un amigo escritor centroamericano, que le prestó sus servicios a la CIA por unos años, le preguntaba si era absurdo o lógico interrogarse por la posible acción de la agencia gringa de inteligencia en esto de crear iglesias e iglesitas, como una forma de neutralizar los vientos de transformación en América Latina. El exmiembro de la CIA, hoy arrepentido de su paso por aquel ente estadounidense —aunque asegura que nunca tuvo que matar a nadie—, respondió que eso era altamente posible, con un gesto muy elocuente y significativo.

Ahora bien, algunos candidatos en la contienda comicial por la primera magistratura se rapan, como en una piñata, el acompañamiento en las urnas de los practicantes de tantas religiones que pululan, a veces más de una por cuadra, y que se aglutinan bajo la efectiva acción de pastores y pastoras. Aquel o ese otro candidato va sumando, entonces, los potenciales votos de fieles que, por la naturaleza de sus congregaciones, acatan ciegamente las instrucciones de sus adalides eclesiales. Es de suponer cuál será el tema central en los actos litúrgicos del domingo 20, comienzo de la semana de desenlace hacia la jornada electoral del 27.

Con todo respeto por las diversas formas de pensamiento, religioso y de otro orden, que se presentan en Colombia, encontramos una clara manipulación de las creencias populares, ya que resulta axiomático el sentido de profunda disciplina y obediencia que caracteriza a quienes se mueven alrededor de determinadas formas de ver el mundo. Porque es claro que, en esto de la práctica piadosa, una cosa es cómo se vive la experiencia hacia lo trascendental en un país desarrollado (digamos, en el norte de Europa, con un gran sentido crítico), y otra muy diferente y precaria la que se percibe en el comportamiento social y político del común de las gentes en un entorno como el nuestro, donde campea la falta de sentido crítico.

De modo que, aparte del cúmulo de mentiras que rondan a los candidatos, a unos más que a otros y que condicionan el sufragio de miles de votantes, se suman las consecuencias de una fe dirigida a lograr ciertos propósitos, y lo decimos en especial por los compromisos que pudiera adquirir un aspirante a presidente, con tal de hacerse a la deseada X en el tarjetón.

Tris más. Qué ojalá no nos toque cruzar nuestro camino en medio de cruzadas.

COMPARTIR