El músico uruguayo refuerza el componente teatral en su actuación en Valencia de la gira ‘silente’

Jorge Drexler es un consumado encantador de serpientes. Un tipo que podría hacer de la mera enumeración de la lista de la compra una experiencia tan deliciosa como magnética, con su dulce dicción uruguaya y el carisma de quien no rebusca una humildad impostada porque no la necesita. Pero además de eso, es un músico que siempre se preocupa por desvelar nuevos matices en cada una de sus canciones, no importa las veces que exhiba su hoja de servicios.

Siempre hay un silencio, una textura, un giro inédito que asoma en la forma en que aborda composiciones tan sobreexpuestas en nuestros escenarios como DeseoEcoTodo se transforma o Milonga del moro judío. Y eso siempre es de agradecer.

Llegaba a Valencia tras la suspensión del bolo que tenía que haber ofrecido hace unos meses en el Palau de la Música, aplazado por desperfectos que exigían reforma, y como por ensalmo, milagro de los panes y los peces mediante, aquella anulación de un solo concierto ha derivado en una cita doble, con todo el papel vendido, en La Rambleta. Una buena excusa para ventilarse no una, sino dos paellas, dijo.

Pocos músicos son capaces de invocar con tanta solidez la intimidad en un recinto de más de mil personas.