Por Julio Zenón Flores Salgado

Este martes, la alcaldesa de Acapulco, Adela Román Ocampo, habló ante algunos periodistas de los problemas que se han tenido para construir un mercado digno en La Sabana. 

Llamó la atención la vehemencia con que la edil explicaba a los reporteros que ese recurso se podría perder por la falta de acuerdos, después de que todo parecía ir tan bien y de que se había obtenido un acuerdo con los locatarios e inevitablemente lo comparamos con lo que pasa en Chilpancingo con el mercado del PRI. Allá también ya se había aprobado y de pronto el alcalde Antonio Gaspar Beltrán y los comerciantes recularon. 

¿Qué pasa con los mercados?

En Coyuca de Benítez, por ejemplo, las autoridades construyeron un moderno y funcional mercado justo a la entrada a la izquierda de la cabecera municipal, yendo de Acapulco hacia la costa grande, con locales amplios, con pasillos cómodos, con sanitarios higiénicos y un buen manejo de los desechos, tanto de agua como los orgánicos; sin embargo, la gente peleó por regresar al viejo y desvencijado mercadito del centro, donde los locales de madera estaban en condiciones ruinosas, se carecía de un sistema sanitario, los pasillos ya eran intransitables y el tamaño de los locales comerciales demasiado pequeños. Terminaron invadiendo el viejo espacio y entablando un pleito político y legal con el anterior ayuntamiento que le fue heredado al presidente actual Alberto de los Santos Díaz.

¿Habrá alguna manera de que los ciudadanos comunes, como usted y como yo entendamos el alma de los comerciantes de los mercados?

Si lo hiciéramos, podríamos comprender lo que pasó por la cabeza de Gaspar Beltrán o de su asesor y coordinador de gabinete Fernando Castro, en Chilpancingo, para dar marcha atrás al proyecto ya aprobado, ya con los recursos prácticamente en las arcas, por 500 millones de pesos, a ejercer por la Secretaría de Desarrollo Agrario Territorial y Urbano (SEDATU), para remodelar el viejo mercado del PRI, ubicado en una zona céntrica de la capital del estado, pero en la lateral del bulevar René Juárez Cisneros, que no es otra cosa que la Autopista del Sol, y hacer de él un mercado gastronómico, especializado en comida regional, que tanto buscan los turistas y los propios guerrerenses que viajan a la capital, con fama de buena comida.

En realidad resulta difícil de entender la oposición a tan gran proyecto no sólo desde el punto de vista económico, ya que es una inversión a fondo perdido aportada por el gobierno federal a través de SEDATU y que podría detonar la zona y dar vida a ese ya casi abandonado mercado, que en un tiempo fue vital en la zona y que ayudaría a los chilpancinguenses a ampliar sus días de venta en esos centros de comercio hoy casi concentrados en los días martes y miércoles en que se compran los víveres y condimentos necesarios para cocinar el pozole de los jueves.

Y digo que no sólo sería un éxito en el terreno económico, sino también en el terreno cultural, ya que lo que se sabe del proyecto es que la idea es concentrar ahí una muestra de la gastronomía del estado de Guerrero. ¿Se imagina venir de la ciudad de México por la Autopista del Sol y sólo desviarse un poco por la lateral, a la altura del centro, sin entrar a la ciudad, para poder comer un pozole chilpancinguense, unos tacos ahogados de pollo, unas chalupitas chilapeñas, un fiambre tixtleco, un baso ometepequense, los caldos de Zumpango, los pichones de Iguala, los toqueres de la Tierra Caliente, un relleno tecpaneco o unos ceviches y mariscos acapulqueños y muchas otras exquisiteces de la gastronomía estatal? La delicia que sería para el viajero, que por cientos de miles recorren semanalmente la Autopista del Sol, entre México y Acapulco y que sólo tienen hasta hoy dos opciones para parar a comer o desayunar: las quesadillas de Tres Marías o la cecina de Yecapixtla de Cuatro Vientos.

Por eso es incompresible entender el porqué si ya estaban de acuerdo con ese proyecto, ahora el presidente municipal escuche a su coordinador de gabinete Fernando Castro y se oponga a tan benéfico proyecto, a menos que, como todo político de la vieja escuela, estén tratando de vender caro su amor, es decir, negándose para que la SEDATU les ofrezca algo para comprar su aprobación, sin importar que si los funcionarios de la 4T optan por no darles nada y se regresan los recursos a la federación, se pierda la oportunidad histórica de detonar económicamente la zona y se deje ir la oportunidad de tener un espacio popular que compita con El Tecúan y de a los turistas que vienen de México a Acapulco una opción más de detenerse a saborear platillos que para ellos son exóticos, porque ya ni la gastronomía del 30, que quedó relegada en la carretera libre, es una buena alternativa.

De igual manera es duro de asimilar la negativa de los comerciantes de La Sabana, en Acapulco, que antes habían dicho que sí, pero azuzados por alguien, ahora niegan el acuerdo para que se modernice ese centro de comercio que hoy discurre entre aguas negras, sin baños, con extensiones que estorban el tránsito vehicular hacia o desde El Cayaco, y se convierta en un moderno mercado que a los hoy dueños de los locales no les va a costar ni un peso.

¿Nosotros qué ganamos? Dice la alcaldesa Adela Román que le preguntó uno de los líderes del mercado de La Sabana, ella respondió que tener un mercado digno, higiénico y ordenado, pero me da la impresión de que eso no es lo que ese líder quería escuchar y tal vez sea la misma pregunta que hizo reflexionar al presidente de Chilpancingo dicha por su coordinador de gabinete ¿Nosotros qué ganamos?

He ahí el dilema.

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