Por: Fernando Hinterholzer Diestel

“Naces pobre, mueres pobre”, esa sería una frase más adecuada para describir nuestro país.

Desde hace un par de décadas, México ha estado sometido  a grandes injusticias debido a nuestra imperfecta quasi-democracia,  que lo único que nos ha dejado es mayor desigualdad, corrupción, impunidad, e inequidad del ingreso. Hay que precisar, que “la desigualdad es parte inherente a la humanidad, pero existen fuentes claramente diferenciadas: una, la desigualdad que genera la creatividad humana y que es fuente de crecimiento de la economía. La cuestión más relevante desde mi perspectiva es si ésta ha llegado a un extremo tal que amenaza la estabilidad y qué habría que hacer al respecto”. La desigualdad nos atraviesa en todos los ámbitos: la posibilidad de acceder a una escuela, el tipo de escuela y el nivel de escolaridad y aprendizaje; el trabajo y el sueldo al que podemos acceder; si habremos de transitar hacia otro estrato socioeconómico; y hasta el tipo de vejez que tendremos”.

Siendo nuestro país la decimocuarta economía del mundo, hay CASI 60 millones de personas viviendo la pobreza. En términos de renta y capital, la riqueza mexicana se encuentra concentrada en un grupo selecto de personas que se han beneficiado del poco crecimiento económico del que ha gozado México en las últimas dos décadas. Así, mientras el PIB per cápita crece a menos del 1% anual, la fortuna de los 16 mexicanos más ricos se multiplica por cinco. La desigualdad ha incrementado con el tiempo. Entre mediados de los noventa y 2010, la desigualdad de ingreso disminuyó. Sin embargo, la desigualdad es mayor a la que había en los ochenta. Según Piketty estudioso de las desigualdades sociales en el mundo, “la proporción de la riqueza en manos de una pequeña élite mundial va a seguir creciendo porque la tasa de retorno del capital es mayor a la tasa de crecimiento económico. Su conclusión es que el “capitalismo genera… desigualdades… insostenibles que minan de manera radical los valores meritocráticos sobre los cuales se sustentan las sociedades democráticas”. Su solución es cobrarles impuestos a los ricos”.

 

De acuerdo a especialistas en la materia, la fuente principal de desigualdad a nivel internacional en las últimas décadas parece surgir de la combinación de dos factores: por un lado, el acelerado crecimiento de la población en los setenta y ochenta (periodo en que la población del mundo se duplicó); y, por el otro, la creciente globalización de la economía. Ambos factores han acelerado la desigualdad, sobre todo porque, al incrementarse la reserva de talento en el mundo en el contexto de la globalización, cada persona -desde el trabajador más modesto hasta el empresario más encumbrado- de súbito entró en un espacio de competencia que nunca antes había existido. Hay otra fuente de desigualdad es la más difícil de resolver, pero es la que, acertadamente, genera mayor polémica: la desigualdad producto de monopolios, prácticas sociales, corrupción, subsidios, concesiones y, sobre todo, ausencia de competencia. Esta fuente de desigualdad es resultado de decisiones políticas y burocráticas históricas que sesgan el ingreso, protegen a favoritos, preservan cotos de caza y, sobre todo, impiden el acceso del ciudadano de a pie a la movilidad social.

La desigualdad en el país surge de dos factores clave: por un lado, la enorme polarización que existe en el sistema educativo que tiende a preservar (y, por lo tanto, ampliar) la desigualdad. En la medida en que un niño de clase media urbana tiene mejores oportunidades de aprender que el hijo de un campesino en la sierra de Oaxaca, la brecha de desigualdad se va ampliando. En este sentido, es obvio que el propósito medular del sistema educativo -igualar las oportunidades para todos los niños independientemente de sus circunstancias u origen- ha sido un estruendoso fracaso. Por muchas décadas, este asunto no parecía importante porque no se había dado la fatal combinación de avance tecnológico y globalización que ha exacerbado las diferencias. Hoy el desafío es monumental. La otra fuente de desigualdad se deriva de la ausencia de competencia en la economía mexicana, lo que entraña la permanencia de fuentes de riqueza del tipo que Piketty observa como motores de una brecha creciente.

“En México, no hay un piso parejo para todos. Hay igualdad en derechos en el papel, no en la realidad”. Esta es la fotografía que se desprende del informe del Colegio de México (Colmex) Desigualdades en México 2018, elaborado por 11 investigadores de diferentes disciplinas que identifican las desigualdades en el ingreso, la educación, el territorio y el género, y las diferencias tan marcadas en la incorporación al mercado laboral y en el acceso a la seguridad social.

La desigualdad es un mal endémico cuyo “combate” ha estado presente en todos los discursos, ofertas y programas de campaña y de gobierno desde que uno tiene memoria. También, desde que uno tiene memoria el problema sigue siendo el mismo o peor. Una de dos. O los gobernantes no han acertado en las políticas públicas para combatir la desigualdad o simplemente no les ha importado y siguen prefiriendo un statu quo en que todos los bienes y servicios en los que uno puede pensar o a los que es legítimo aspirar se reparten de una manera inadmisiblemente desigual. Existen 60 millones de pobres a los que ya no les gusta la fórmula mexicana de distribución de la riqueza. Hay millones de jóvenes a los que ya no les gusta la fórmula mexicana de reparto del poder.  Son muchos millones de mexicanos a los que ya no les gusta México. Y por eso, hoy son muchos y cada vez más los ciudadanos que piensan que los partidos son organizaciones desleales, mentirosas, ambiciosas, onerosas, deshonestas, tramposas, convenencieras, indolentes e innecesarias. Que ellos son los culpables de la perturbación del quehacer público y de la contaminación del ejercicio político.

En México, aunque no todos, han sido varios gobiernos los que han creado a la mayoría de los ricos y a la mayoría de los pobres. Son muy pocos los que son ricos por su propio mérito y son muy pocos los que son pobres por su propia culpa. Las grandes fortunas se han formado, en algunos regímenes, por el favor de las concesiones, de los privilegios y de los contratos gubernamentales. Y las grandes miserias se han generado por la corrupción, la inconsciencia y la irresponsabilidad de algunos gobernantes.

Hoy en día, el México que encara los comicios más importantes de los últimos años no vive una lucha de proyectos ni de ideas sino tan sólo una lucha de intereses, de poderes, de partidos y hasta de dependencias. Pero todo ello sin el concurso y sin la consideración de los ciudadanos. Esta persistente desigualdad junto con la violencia y la corrupción son los tres pilares de ese humor social del que hoy se queja el gobierno y que tiene a la ciudadanía desesperanzada, descontenta y decepcionada. Si uno acepta que la desigualdad es producto de una serie de sesgos que la causan y preservan, la única forma de acabar con ella es eliminando esos sesgos y ese es un asunto político: implica modificar las estructuras sociales, políticas y económicas que sostienen un sistema que desvía los beneficios a favor de una parte de la sociedad y discriminan contra el resto. En suma, enfrentar la desigualdad no es asunto de regulaciones o impuestos sino de un régimen sociopolítico distinto. Este 1 de julio, veo muy probable el cambio a una nueva dirección, me parece que el cambio de régimen potenciaría el combate a la pobreza, orientando la igualación de oportunidades de acceso (sobre todo educación y salud), que es la única forma en que podríamos proceder, al menos por ahora. Más allá de acciones en este frente, “sólo el crecimiento económico acelerado puede permitir reducir la pobreza de manera significativa y eso requiere un cambio de enfoque en la política económica”.

ES CUANTO.  

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