ESTHER SOLANO

A los cien días de Gobierno, la popularidad del presidente ha descendido considerablemente. Son tres los frentes abiertos que hacen que el mandato de Bolsonaro se esté complicando.

Cuando los populistas llegan al poder suelen tener dificultades para gobernar.

Las campañas electorales se pueden hacer a gritos, pero los gobiernos no. Exactamente, eso es lo que le está sucediendo a Jair Bolsonaro. El hombre que se presentaba como el salvador de la crisis brasileña se está desvaneciendo y en muy poco tiempo. Las previsiones políticas le daban a Bolsonaro un primer semestre positivo porque llegó a Brasilia con buen capital político, 57,7 millones de votos. Nadie vaticinó que desde su primer mes de mandato las debilidades políticas del presidente se mostrasen de forma tan estridente.

Todas las apuestas del mercado estaban colocadas en la reforma de las pensiones, que se tiene como imprescindible para que Brasil salga del agujero económico en el que está inmerso. Desde el 1 de enero Paulo Guedes, el ministro de Economía, tiene el texto de la reforma listo, pero, decía Bolsonaro, lo importante era contar con un buen equipo de técnicos para “desideologizar” y “despetizar” el gobierno.

El presidente necesita, invariablemente, tener una base aliada sólida en el Congreso. Dilma Rousseff la perdió y acabó en impeachment. Pero la poderosa máquina del Congreso brasileño no es para principiantes. Son 513 diputados de 30 partidos diferentes, el mayor número de partidos desde la redemocratización brasileña. Negociar con ellos requiere una enorme habilidad política. El presidente del Congreso, Rodrigo Maia (Partido Demócrata) uno de los representes de la política tradicional brasileña, es una figura esencial para garantizar la gobernabilidad. Ningún presidente sensato querría tenerlo en contra. ¿Qué hizo Bolsonaro ya en su segundo mes de mandato? Empezó con mal pie con Maia atacando a la “vieja política” que este representa y queriendo neutralizarlo.

Por otro lado, la nueva política que pretendía no mezclarse con prácticas de compra de votos también fracasó antes de comenzar. Hoy, cada diputado tiene derecho a 15,4 millones de reales durante su mandato (unos 3,5 millones de euros), dinero normalmente utilizado para obras e infraestructura en los reductos electorales geográficos de los diputados.

Donde Bolsonaro se mueve como pez en el agua es en el campo ideológico. El problema es que los excesos ideológicos muchas veces chocan con la realidad del pragmatismo cotidiano. Ejemplo de ellos fue el viaje que hizo a Israel el 31 de marzo, derivado de su promesa de trasladar la Embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén, guiño a los conservadores brasileños y a los grupos evangélicos del Congreso, pero que provocó un gran descontento con los países árabes e Irán. Brasil es el mayor exportador del mundo de carne halal. Estas vendas representan un 10% de las exportaciones agrarias brasileñas. Debido a las críticas de la mayoría de integrantes del Ministerio de Relaciones Exteriores, del mundo árabe y los exportadores brasileños de carne, no cambiará la Embajada, simplemente, inaugurará una oficina comercial en Jerusalén.

La educación es otro de los campos donde Bolsonaro apuesta por una ideología ultraconservadora. El ministro de Educación, Ricardo Vélez era de los que atacaba el marxismo cultural en las universidades, decía que la educación debía despolitizarse y era un acérrimo defensor de la educación en familia. Lo cierto es que, más allá de sus bravuconadas ideológicas, en el ámbito de la gestión, Vélez fue incapaz de hacer absolutamente nada en tres meses, lo que provocó constantes aluviones de críticas dentro del Ministerio y en la comunidad educativa hasta que fue despedido el día 8 de abril. Su substituto, el economista Abraham Weintraub, es un neoliberal que también tiene un carácter ideológico ultraconservador fuerte.

El tsunami de críticas de la comunidad educativa, la oposición y la propia prensa no se ha hecho esperar. Varias manifestaciones y huelgas se están organizando para los próximos días en el que se está perfilando como el mayor movimiento contra Bolsonaro durante estos meses de gestión. Un ministro de Educación que arremete contra la educación pública al mismo tiempo que favorece la educación privada. En paralelo a estos cortes, el Ministerio aumentó en 70% la acreditación de centros universitarios privados durante este año.

Algunas de las medidas del Gobierno de Bolsonaro son tan extravagantes que muchas de ellas están sufriendo procesos judiciales: el corte presupuestario en las universidades federales, la extinción del Ministerio de Trabajo, la extinción de los consejos consultivos de participación popular en el gobierno, la flexibilización de la posesión de armas o la extinción de la contribución sindical obligatoria son algunas de ellas. O sea, en la práctica, el Tribunal Supremo va a dictar los rumbos de Brasilia.

El diputado evangélico, el pastor Marcos Feliciano (Partido Social Cristiano), interpuso un proceso de impeachment contra Mourão a comienzos de abril diciendo que lo consideraba “desleal”. Así mismo, Olavo de Carvalho, el ideólogo del bolsonarismo atacó a Mourão desde sus redes sociales durante los meses de marzo y abril: “el mayor error de mi vida como elector fue apoyar al general Mourão. No dejaré de pedir disculpas por esta burrada”.

Bolsonaro acumula editoriales negativos inclusive de los periódicos más conservadores del país, como Estado de São Paulo y la revista Veja, que lo apoyaron durante la campaña electoral y son conocidos por sus fuertes discursos antipetistas.

La prensa apoya las reformas económicas que no llegan y ve con malos ojos las imposiciones ideológicas del gobierno y las medidas contra la educación. El mercado rebaja también sus apuestas y ya reduce la expectativa del crecimiento del PIB para este año a 1,49% (dato divulgado por el Banco Central el 6 de mayo). La popularidad de Bolsonaro también se desploma. Según una encuesta publicada a principios de abril por el Instituto Datafolha, el 30% de los brasileños consideran su gestión mala o pésima. En febrero era el 22%. La peor valoración de un presidente tras los 100 primeros días de gestión desde la redemocratización, en 1985. En este mismo periodo durante el mandato de Lula, solo el 10% lo desaprobaba.

Todas las previsiones políticas poselectorales señalaban que a medio y largo plazo, Bolsonaro tendría dificultades para garantizar la gobernabilidad dado que no tiene la experiencia necesaria, ni una fuerte base aliada en el Congreso y su gobierno engloba varios grupos de poder muchas veces divergentes (neoliberales, Fuerzas Armadas, conservadores e iglesias evangélicas…). El desastre está llegando mucho antes de lo previsto.

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