Bajo fuego

José Antonio Rivera Rosales.

La creencia popular dice que las desgracias nunca llegan solas.

Este parece ser el caso que nos ocupa, en particular porque después de la pandemia nada será igual: Guerrero ingresará a un proceso de pauperización como no había ocurrido en muchos años.

Para decirlo con palabras llanas, una gran parte de la población de Guerrero será mucho mas pobre en uno de los estados más pobres del país, que ya es mucho decir.

Ello sin contar con los contagiados y muertos que se acumulen esta semana debido a la pandemia que, por lo visto, no es tomada en serio por muchas personas.

Antes de entrar en el tema habría que hacer un recuento del impacto del virus COVID 19 en los Estados Unidos, nuestro poderoso vecino del norte. En dos meses desde que comenzó el embate del virus en ese país -que cuenta con toda la tecnología, la infraestructura y el dinero del mundo, hay que decirlo- la economía norteamericana perdió dos millones de empleos y han muerto más de cien mil ciudadanos estadunidenses, para vergüenza del gobierno de Trump que en un principio hizo caso omiso de la peligrosa enfermedad.

Algo parecido sucedió en México cuando arribó la plaga, a la que el presidente Andrés Manuel López Obrador le dio un enfoque ideológico asumiéndola como un negocio de las farmacéuticas internacionales o al diferendo creciente entre Estados Unidos y China continental. La consecuencia es que el gobierno mexicano comenzó a tomar las previsiones obligadas cuando el peligroso virus ya había inoculado a cientos de mexicanos.

Esa omisión inicial de López Obrador, además de la frivolidad con la que trató esa grave contingencia sanitaria («la pandemia nos cayó como anillo al dedo», ¿recuerdan?), son verdaderamente imperdonables.

A la fecha ya llevamos más de 7 mil ciudadanos mexicanos fallecidos por la pandemia, más los que mueran en las próximas semanas, sin contar con el hecho de que cada día que pasa se agota la capacidad hospitalaria para dar atención médica a los contagiados, particularmente en la Ciudad de México. Es previsible que en unos cuantos días más lleguemos al tope de los 10 mil muertos, sin mencionar los daños a la economía mexicana.

Claro que la situación no se compara con los cien mil muertos que hay en los Estados Unidos, pero tal como van las cosas pronto estaremos en una situación muy parecida dado que nuestra capacidad hospitalaria está cerca del colapso.

En materia económica la pandemia causó la pérdida en México de más de 700 mil empleos, de los cuales no menos de 50 mil empleos formales e informales perdidos corresponden a Guerrero, según evaluación reciente del gobernador Héctor Astudillo.

Por eso llama la atención que el presidente López Obrador, como una forma de reaccionar al dato de la pérdida de empleos, en una conferencia de prensa haya ofrecido que en menos de un año su gobierno creará dos millones de nuevos empleos, con lo que se resarcirá la situación actual.

¿Dos millones de nuevos empleos en menos de un año?

En los tiempos recientes fue 2017 el año que se creó el mayor número de empleos, que fueron 750 mil jornales formales. ¿Cómo sería posible que el gobierno de AMLO pueda crear dos millones en un año o menos? Perdóneme presidente, pero no le creo.

Hasta el domingo 24, en Guerrero la autoridad de salud lleva registrados un mil 272 contagios y 175 defunciones, cifra que revela la velocidad con la que se están propagando los contagios de esa peligrosa enfermedad ante la indiferencia y apatia de la población del estado, particularmente de la población porteña.

En los hechos el estado de Guerrero, y con mayor énfasis el municipio de Acapulco, entró en una peligrosa pendiente de contagios que se profundizará en las próximas dos o tres semanas, lo que deja a la entidad fuera de la posibilidad inmediata de regresar a la normalidad. De entrada el gobernador Astudillo informó que la pandemia ha costado hasta el momento 600 millones de pesos que no estaban contemplados en el presupuesto.

Hay consenso entre médicos especialistas de que esta peligrosa pandemia del COVID 19 terminará contagiando al 70-80 por ciento de la población total de los centros urbanos. Para el caso de Acapulco ello supondría una población estimada de 800 mil habitantes.

De ese total probable, quizá un 70 por ciento de contagiados resultarán ser asintomáticos, es decir, que no resentirán en mayor medida los efectos del virus pero sí serán portadores y, por ende, vehículos de contagio para otras personas. Otro porcentaje menor, que podría ser del 25 por ciento, sufrirán los efectos del patógeno en mayor o menor proporción y, finalmente, un 3 al 7 por ciento de los contagiados se enfermarán gravemente y podrían morir en el curso de la enfermedad.

En números estamos hablando de cientos, quizá miles de personas, que afrontarán riesgo de muerte por los efectos fulminantes del patógeno que ataca con mayor letalidad a los adultos mayores de 50 años.

Esto es, estamos en el umbral de una verdadera catástrofe sanitaria en Guerrero que impactará con mayor gravedad en Acapulco, Chilpancingo e Iguala (en la primera ciudad se concentra el mayor número de infectados hasta el momento).

Un indicio de la gravedad de la situación lo constituye el hecho de que la administración municipal porteña mandó cavar 300 nuevas fosas en el panteón de El Palmar en previsión de los muertos que se esperan. Las fosas cavadas son el doble de los fallecimientos registrados hasta ahora en toda la entidad. ¿Pues cuántas muertes espera el gobierno de la morenista Adela Román?

De todos modos, las cifras anteriores dan una idea de la magnitud de la tragedia que se nos viene encima.

De ahí la preocupación manifiesta del gobernador Astudillo Flores que en sus transmisiones diarias a través de medios digitales y redes sociales hace llamados insistentes a la población a permanecer en casa para cortar la cadena de contagios.

Los hospitales, por su parte, ya comenzaron a mostrar señales claras de colapso al agotar sus capacidades de atención a la población contagiada, cuyos números aumentan cada día que pasa. Es el caso del Hospital del ISSSTE y el del Seguro Social

de Acapulco que anunciaron que ya no tienen espacio para atender a más contagiados. En uno de esos nosocomios comenzaron a habilitar espacios en el estacionamiento ante la enorme demanda de atención

Lo peor del caso es que un porcentaje importante del personal médico -especialistas, enfermeras, paramédicos- ya resultaron contagiados por el peligroso virus e inclusive algunos cayeron atendiendo a tantos pacientes. Es decir, el personal médico -que son los verdaderos héroes de esta guerra silente- también comenzó a colapsar, sea por contagio o por agotamiento físico y mental.

A la fecha, según cifras oficiales, un 50 o 55 por ciento de las camas de hospital de Guerrero están ocupadas por pacientes de COVID 19. Pero esa capacidad hospitalaria se verá menguada en cosa de días.

Por eso es bienvenida la ayuda del Ejército Mexicano que, a través de la Novena Región Militar, habilitó un nuevo hospital para atención de la pandemia en las instalaciones del Batallón de Ingenieros de Combate (BIC), en Chilpancingo, como parte del Plan DN-III para casos de desastre. Este hospital cuenta con 30 camas adicionales bien equipadas para atender la contingencia.

Si las capacidades y los espacios de atención se agotan, pronto estaremos en una situación tan grave como pasó en Italia y España, que de la noche a la mañana se vieron rebasados por el terrible virus. Es algo muy parecido a una situación de guerra.

En el puerto de Acapulco, donde el desastre ya es manifiesto, la autoridad municipal se enfocó primero a crear cocinas comunitarias para proporcionar alimento a miles de personas que, en su mayoría, subsisten de la economía informal y por tanto quedaron sin sustento al cerrarse las playas y la industria turística.

Ello sin duda fue una decisión humanista y oportuna, pero al hacerlo el gobierno descuidó una parte crucial del problema: dejaron crecer los focos de infección.

El principal foco de infección en Acapulco es nada menos que el Mercado Central de Abasto, el Mercado Dos de Agosto, el Mercado Campesino y el mercado de la colonia Progreso, que durante semanas funcionaron al libre arbitrio de los comerciantes sin guardar distancia ni portar medidas de protección. Ese foco de infección se extendió a la colonia Progreso, uno de los mayores núcleos habitacionales del puerto de Acapulco.

Ahora los infectados en ese sector, por el que transitan no menos de 50 mil personas diarias, se cuentan por cientos. Algunos observadores esperan pronto una «explosión» de contagiados, por definirlo de alguna manera. El gobierno municipal reaccionó tarde para atender este aspecto de la contingencia, el de la propagación, responsabilidad que se la dejó por completo al estado. Ahora es demasiado tarde para solucionar este grave problema de infección comunitaria.

Al principio de este texto hablamos de un segundo efecto de la continencia: el de la pauperización de la economía. Habremos de volver sobre ese tema.

PD.- Debido a problemas de salud del autor, esta columna dejó de circular durante semanas. En lo sucesivo esperamos mantener la periodicidad acostumbrada.

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