Por: Vanessa Rosales A.

Quiero hablar sobre el odio histórico que ha tenido hacia la mujer el catolicismo. Hacerlo, so pena de encender repudios, animar llagas e impulsar respingos. Vislumbro el malestar que puede fraguar en el pecho de quien lee estas líneas. Anticipo la ira. Preveo el torbellino. Se arremolinan las cóleras y sañas, las adivino. Ah, porque el intocable catolicismo. La doctrina inamovible.

Los que hemos sido socializados bajo su estela y su ideología hemos sido entrenados para aceptar, sin más, sus verdades fijas. En su longevidad no entra exactamente el dinamismo. No hay adaptaciones o ánimos reformistas – existe así, la perpetuación de una doctrina que poco se revisa a sí, que rara vez se cuestiona, que se instruye no debe ser escrutada. Una fe que nos exige, como prueba de convicción, plegarnos sin reservas, adherirnos sumisos, conformistas. Memorizar sus rezos. Repetir sus ritos. Moldear el mundo a la medida de sus imaginaciones antiguas. Perpetuar su gestualidad sin revisión. La pregunta y la duda no entran en el adoctrinamiento del catolicismo. No son bienvenidas. Todo aquello que además se distingue de su orden jamás ha gozado de su simpatía. El catolicismo es también, en gran medida, la demonización de toda forma de otredad. Su lógica, sabemos, nos exige que seamos sus receptores pasivos, que asumamos su credo con irrevocabilidad fija.

Pero quiero hablar de ello desde una mirada estructural. Y para eso es necesario leer al catolicismo no sólo como una religión o como una institución de encumbrado poder, sino también como un sistema de códigos para leer el mundo. Un esquema perceptivo. Pido a la mirada lectora que atraviese el texto, ojalá, con esa idea precisa. Porque esa acepción permite justamente comprender que, contrario a lo que nos enseña la literalidad interpretativa del catolicismo, las cosas fluctúan según el contexto en que aterrizan.

Una lectura estructural permite también observar que si bien el catolicismo no es ya una práctica exigida o envolvente – como sí lo era cuando muchos fuimos niños o cuando nuestras abuelas y bisabuelas crecían – éste sigue actuando como una especie de vértebra fundacional, un terreno de cimientos. Como sistema perceptivo, el catolicismo es un campo en el que ubicar las raíces de creencias soterradas, de prejuicios automáticos, los sedimentos de categorías con que nos impulsa a mirar el mundo su sistema como prisma.

Las representaciones, las imágenes, los iconos – todos importan en la formación de las identidades. ¿Cuál es, en últimas, ese gran arquetipo al que las mujeres socializadas en el catolicismo, deben emular? ¿Quién es el modelo a seguir para las mujeres que somos enseñadas a ser mujeres dentro del catolicismo? Uno solo en realidad: una madre virgen. En otras palabras, la ficción más álgida que pueda imaginarse en la feminidad. Eso nos exige el catolicismo. Que seamos una mujer que logra parir sin la “mancha” del erotismo, sin el rastro de la carne.

 

Ahora, mirada lectora, no hay afrenta aquí hacia María de manera específica – está la intención de señalar lo que su fábula nos dice. La forma en que el pensamiento masculino y cristiano imaginó a María es un terreno fértil de símbolos importantes para tender la hondura de misoginia con que somos entrenados a mirar a las mujeres y lo femenino. Desde el temprano cristianismo, las mujeres sólo tendrían que parecerse a ella. Un modelo de dulzura y perdón intocados por las “vilezas” de la carne. Garantizar, por supuesto, la procreación, pero bajo ninguna circunstancia, desde ninguna mirada abrir a las mujeres a su sexualidad. Contrario a lo que se cree, además, en las construcciones de la cristiandad, la maternidad no siempre fue algo positivo sino la consecuencia “necesaria” de un pecado. La maternidad de María iría a representarse de manera más bondadosa conforme pasasen los siglos. Curiosa trampa. El ser que puede dar vida es el mismo al que se le castiga todo potencial sexual. Carajo.

El catolicismo no ha sido muy proclive en alentar a las mujeres a ser autónomas o libres. No le es cómodo el prospecto de mujeres que lleven vidas hechas en términos propios. Les exige sí, ser complacientes y bellas, dóciles y suaves, es decir, un objeto plácido, una madre virginal, una potencial esposa, pero nunca las motiva a convertirse en un ser que se gobierna, que dispone de su cuerpo, de su placer, de su ambición, de su vanidad, de su poder. Ah, no. El poder y la vanidad en lo femenino sólo la prueban una hueste indudable de Satanás. Y si no es una interpretación tan drástica, la castiga de otras maneras, la fabrica insoportablemente distinta, la acusa de brujería, de pactos sórdidos y demoníacos, la sanciona con rechazos bruscos o sutiles. La historia está allí, lista para ser revisada, para encontrar lo que aquí apenas se enuncia en la brevedad de un espacio que poco permite. La mujer que se atreve a existir sin marido, la que no acepta el prototipo rígido, la esposa que “desobedece” – y en el catolicismo ser mujer y obedecer, sabemos, es importantísimo – la mujer que osa vivir sola, todas son imaginadas como seres oscuros y condenables dentro de este esquema perceptivo.

Son justamente estas las cosas que el catolicismo castiga todavía en la mujer. Su mayor tarea ha sido reducirla a categorías rígidas. Prototipos. Con ellos, el catolicismo deshumaniza a la mujer. Porque además de María como modelo único al cual emular, ofrece tres modelos adicionales: Eva, la pecadora y la culpable del mal; María Magdalena, una “pecadora arrepentida”, y la bruja, una mujer que con frecuencia era simplemente un sujeto menos convencional, una solterona solitaria, una rebelde contra los amos explotadores, una sabedora del poder de las plantas, una viuda que existía sin marido. Como sistema perceptivo, el catolicismo niega a las mujeres – y a lo asociado con lo femenino – la posibilidad de existir con complejidad.

Persisto, no obstante, con la intención estructural. La tradición judeocristiana, que tiene una médula importante en el Génesis, nos revela una parte importante del origen de esa idea ubicua y tácita de que la mujer es un ser secundario. Hecha después del hombre. No a semejanza de Dios. Un apéndice. Un accesorio. Extraída de una costilla. Y por supuesto, el ombligo de la culpa, el sitio de donde brota la maldad. Una fuente de placer pero la responsable de toda desdicha. ¿Suenan dramáticas estas ideas? ¿Inconcebibles? Están aquí, entre nosotros, meciendo creencias, disponiendo las lecturas que se hacen cuando una mujer es objeto de violencia, están allí palpitando en lo que Siri Hustvedt ha llamado prejuicios perceptivos.

Estos cimientos son antiguos, convergen con algunas consideraciones del judaísmo, así es, y sé también que querrán rebatirme aquí mismo, indignados, para replicar con ahínco que el catolicismo no es la única religión que oprime y sofoca la libertad femenina. Efectivamente. Sin embargo, Colombia es una tierra predominantemente católica, fui yo socializada en el Caribe, ser de la América Latina supone con alta frecuencia ser también atravesado por esta ideología.

El catolicismo odia a la mujer. Y es necesario por evidente que sea esclarecer: la misoginia teológica no es invención de quien esto escribe. El catolicismo, como sistema perceptivo, odia a la mujer porque nunca la ha visto humana. Y sé que les incomoda el escozor de tenerme aquí como un mero vehículo, pues no hay nada original en estas líneas. Lo que hay es un esfuerzo por compilar ideas que palpitan en nuestras vidas. ¿O es que acaso hemos desmoralizado la sexualidad femenina? ¿Existe el binario de puta y santa para lo varonil? ¿Las mujeres se refieren a sus pretendientes amorosos como uno que actúa “como puto en la cama y caballero en la calle”? Nuevamente, el catolicismo como un campo perceptivo.

La misoginia teológica está allí para ustedes, para que sus propios ojos la confirman, los textos son múltiples, la insistencia del púlpito por ordenar lo que podían o no hacer las mujeres se extiende a lo largo y ancho de los siglos. Está allí, en los textos de Tertuliano y santo Tomás de Aquino, de san Agustín, san Pablo, Isidoro, Alberto Magno – sólo por nombrar unos cuantos de los varones que con sus palabras forjaron una moral cristiana, que trazaron los gérmenes para un mundo que incrustó hondo la misoginia.

No alcanzan las líneas. Así que capaz que volveré a ser vehículo muchas veces más. Un vehículo para decir que un campo perceptivo que somete a las mujeres a binarios que las despojan de toda complejidad y humanidad posible es, sí, una doctrina que odia a la mujer. Disculpen la incomodidad. Imaginen lo que es nacer mujer y entender acaso un día que la religión que nos envuelve nos exige ser inhumanas, una ficción, una imposibilidad. ¿Quiénes están más heridos? ¿Ustedes, devotos feligreses o las mujeres que somos socializadas en este campo perceptivo? No sé, un poco de perspectiva.

vanessarosales.a@gmail.com

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