Por: Eduardo Barajas Sandoval

Es más fácil conseguir el milagro de ser elegido presidente que cambiar un país en un periodo de gobierno.

Es frecuente que los pueblos se ilusionen con las campañas presidenciales, o con el cambio de ejecutivo por la vía del apoyo parlamentario, como si fueran a nombrar, de manera directa o indirecta, a un todopoderoso, capaz de cambiarlo todo por su cuenta. Peor aún, obran como si todo lo que se dice en campaña, o en el debate que decide sobre la terminación de un gobierno, fuese factible.

Los candidatos presidenciales, y los promotores de mociones de censura, aprovechan esos sentimientos y esos desvaríos. Aún más, saben qué tan fácil es acelerarlos, pues parecerían una especie de mantras infalibles para entusiasmar el alma de la gente, aunque el hecho de abrigar esas ilusiones sea muy contrario al verdadero sentido en el que debe fluir el río de la democracia.

La llegada al gobierno agranda, en lugar de acortar, la distancia entre los argumentos de la campaña y las posibilidades de hacer cosas en ejercicio de la responsabilidad de gobernar.  En ese mismo momento terminan los juegos de ilusiones y también la perspectiva desde la cual se ven todas las cosas; entonces se aprecian de otra manera los problemas, la sociedad, el pasado, el futuro, los oponentes y hasta los amigos políticos. Es como si, de pronto, cambiara el ritmo de todo, y como si el gobernante estuviera solo en el medio de un salón donde cada uno hace su propio baile.

Entonces es posible comprender, más que nunca, que ninguna muralla ni castillo se construyó en un corto plazo. Ahí es cuando se entiende que los que abrigaron y promulgaron ideas de renovación, en muchos casos apenas pudieron ver los planos y la echada de las bases de su proyecto, y que fueron otros los que padecieron la carga de la construcción, subieron y bajaron por los altibajos de los detalles, o llegaron más tarde, y por lo general en otro contexto, a disfrutar de los eventuales beneficios de nuevas realidades.

Y es que ya ha sido demostrado, hasta la saciedad, que todo aquello que resistió el embate del tiempo, y de los terremotos políticos, requirió no solo de un poco de premonición, sino de mucho de criterio, de lectura e interpretación adecuada de la historia, de paciencia, de perseverancia, y de armonía y coherencia, esenciales todas para el éxito de todo proyecto político que, además, se debe reflejar en una institucionalidad adecuada. Por eso resulta engañoso pensar, prometer, y más todavía creer, que alguien pueda cambiar un país con las reglas de antes, en un cuatrienio o un quinquenio, o el tiempo que dure le dure a un primer ministro el apoyo en un parlamento del siglo XXI.

El mérito de los grandes transformadores no es otro que el de haberse adelantado a sentar unas bases realistas de funcionamiento de la sociedad, conforme a sus verdaderas condiciones y posibilidades. Solo así se han podido evidenciar las diferencias reales y el triunfo de los estadistas sobre los demagogos.

De manera que, a lo mejor, Trump en cuatro años no les alcanzará a hacer tanto daño a los Estados Unidos, ni a la humanidad; Sánchez en el tiempo que le dure el apoyo parlamentario no va necesariamente a devolver a España al modelo de Felipe González, sino que tendrá que inventar algo diferente; y López Obrador no alcanzará a enderezar, ni a torcer, a México, precisamente el país que lleva décadas bajo la proclama de “Sufragio efectivo y no reelección”, y donde el PRI tuvo siete décadas para organizarlo todo a su manera.

Tal vez convenga, en todos los casos, que la sociedad aprenda a hacer política bien hecha. Que exija que le presenten proyectos, autores y actores posibles, para el tiempo de verdad previsible en el que tendrían lugar las transformaciones. Que logre que la tengan en cuenta a lo largo del camino, pues, antes que todo, los gobiernos, salvo que sean de milagreros o dictadores, han de entender que no sirven solamente para mandar, sino que tienen obligaciones de liderazgo y también de arbitraje de controversias de intereses entre grupos sociales que, en muchos casos, existían antes y le van a sobrevivir a uno u otro gobierno, por más que dure.

Hay una dimensión del poder que, por suave que parezca, está íntimamente ligada al fiel de la balanza que marca el punto del buen gobierno. Es allí donde presidentes o primeros ministros se merecen el respeto de todos, así sea simplemente por el hecho de obrar con probidad reconocida, sin permitir ni propiciar ferias de dudas respecto de las decisiones que tomen, porque esa es la semilla de la violencia.

A propósito, Colombia acaba de vivir un ejemplo de esa falta de tino, con motivo del partido de fútbol con Inglaterra, en el que el árbitro permitió el amotinamiento permanente de los jugadores, y en particular de los ingleses. Ellos, que proceden del país donde los buenos modales pretenden ser el paradigma de la vida cotidiana, lograron desplegar impunemente, por la falta de un buen arbitraje, un comportamiento típico de hooligans, como lo dijo un profesor irlandés que veía el encuentro en un bar de Lisboa.

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