¿Se puede ser honesto y no ser íntegro o se puede ser íntegro sin ser honesto?

Linda G. Navarro

Ambos conceptos pueden confundirse, pero aun cuando están sustentados en la conducta y voluntad humana, definen el carácter de un hombre o de una mujer así como las consecuencias de sus actos en su presente y futuro. Cada quien decide su vida y lo que hará con ella. El problema es cuando se daña a otras personas y más cuando se tiene un puesto público y dependen cientos de vidas y patrimonios familiares de esa persona.

La honestidad es tener la valentía de decir siempre la verdad, ser razonable y basar las acciones en lo justo. Es lo que las personas ven de nuestros actos; es mantener la imagen que tenemos hacia el exterior; lo que queremos que perciba la sociedad y las personas de nosotros; lo que permitimos que vean de nuestras acciones, lo que expresamos y las reacciones que ven los demás de nosotros. 

Es estar en un permanente escenario mendigando los aplausos y el constante reconocimiento de los demás que proporcionen un poco de satisfacción efímera.

La integridad es el ser y hacer lo correcto para nosotros mismos sin importar lo que piensen el resto de las personas. Es el respeto propio, la lealtad y fidelidad con uno mismo sin permitir ninguna influencia o interferencia de nadie en los propios actos y decisiones. Aquí no cabe el engaño.

Ser congruentes y coherentes con uno mismo en el pensar, el ser, el hacer y el decir. Es una virtud íntima y muy personal. Es el compromiso muy personal de autenticidad. Es identificarse con la paz, la armonía, el equilibrio interior que produce creando el propio bienestar y el ajeno como si fuera para uno mismo. Es la fuerza moral para mantenernos firmes en nuestros ideales, principios y valores. 

Es el no permitirse pensar ni actuar en nada que pueda afectar a uno mismo o afectar a otros en sus personas, bienes o intereses. Es el poder de gobernarnos a nosotros mismos desde una conciencia elevada, con discernimiento, amor y estricto sentido de justicia.

La honestidad es la intención, pero constantemente ésta es sometida a prueba y más cuando se aspira a tener poder y riqueza desmedida sin ser producto del trabajo y esfuerzo, despojándose de los escrúpulos en el camino con tal de posicionarse por encima de los demás. Es cuando ante ciertas circunstancias se puede elegir y disfrazar una acción cuando no es observada por nadie, pero si se tiene integridad, ésta no le permitirá fallarse a sí mismo. Sabe en su interior cuando es correcto y justo, puede fingir y engañar a otros pero no se puede mentir a sí mismo.

Quien busca los honores y reconocimientos de los demás, mantener una postura o imagen sabiendo que se ha corrompido, que se ha podrido por dentro, ha perdido la dignidad y el respeto por sí mismo, se olvida de su propia valía cayendo en el autoengaño. 

El valor de la palabra no debería sustentarse en letras de cambio, en pagarés, en firmas….

Quien sabe quién es y se respeta, no necesitaría firmar nada, basta con la promesa íntima, personal de expresarlo, recordarlo y aceptar que se ha comprometido a cumplir cabalmente, cueste lo que cueste. Los niños recuerdan perfectamente las promesas, son íntegros.

Independientemente de que ésta sea una reflexión intrínsecamente muy personal, aplica para todos y cada uno de los políticos y aspirantes a vivir del erario público, las autoridades, los servidores públicos, todo aquel que vive del servicio al público construirían un mejor mundo para sí mismos, sus familias, sus amigos y la sociedad, si conservaran como lo más valioso, la dignidad y respeto por el alma que alienta la materia del cuerpo físico y que es tan frágil, como ahora cada vez es tan palpable.

Linda G. Navarro.

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