Efraín Ríos

No habrá de sorprendernos la victoria de Andrés Manuel López Obrador, luego de su tercera participación en el proceso, democrático o no, por ser la figura que contenga a más de 123 millones de mexicanos; mucho menos que el candidato de la coalición “Juntos Haremos Historia” se mantenga arriba en las encuestas; tampoco habrá de inquietarnos un esguince en el pie izquierdo, la fractura de su brazo derecho o el desprendimiento de su cabeza, porque habrá que mencionar que el tabasqueño es de los más buscados y más de uno desearía ilustrar un cartel con una cifra monetaria interesante abajo de su retrato y la frase “Wanted”, al estilo del salvaje Oeste.

También habrá que considerar que lo anterior no ocurra, escenario que tampoco sería asombroso, pues los fraudes han sido integrados como condición social y son agentes que imperan en el espíritu de una época, el cual se manifiesta derruido e inmóvil, como el espectador en una partida de póquer. El ciudadano, al final, es un hombre defraudado.

Otro esbozo puede ser la continuidad del sistema de gobierno, independientemente de quien lo represente, pues habrá que afirmar que la participación ciudadana no es la que lo determina, sino el acervo histórico que nos obliga a continuar con el progreso ilustrado y espanta a los fantasmas, cargados de ideologías, que se pasean sobre las calles, y como todo lo paranormal está asociado al terror, no hay familias que les abran las puertas.

No habrá de sorprendernos, entonces, que nuestro terruño permanezca inalterable y el único cambio que observemos sea directamente proporcional a la tendencia o favoritismo del rey democrático electo, es decir, quizás los maestros sean beneficiados o el sector turístico goce de los recursos; tal vez los constructores, transportistas, médicos o artistas sean sujetos convencidos del cambio, cualquier cambio, o los agricultores sucedan a los magnates. En un caso extraordinario hay posibilidades de andar como cuartos de pollo por expiar nuestros pecados, si acaso se aprobara alguna iniciativa de mutilación.

El mejor de los mundos posibles es el nuestro, la matriz generadora de posibilidades, ya que aquí somos el único animal que puede preguntarse por ellas y vanagloriarse no sólo porque “querer es poder”, sino porque el poder así lo quiere.

Esta férrea voluntad nos hace invencibles, a menos en deseo, imaginación o rencor, porque la carne es tan delgada como el terciopelo y sería incapaz de detener una bala o el filo de algún machete. Cuando la voluntad se hincha, la carne se asfixia. Habrá que preguntarles a los muertos cuando toquemos sus puertas.

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