Por Ignacio Hernández Meneses

 

Una mañana de abril de 1991 fui al aeropuerto internacional “General Juan Álvarez” y apenas llegaba a la sala de espera y nos abrazamos con doña Rosario Ybarra de Piedra a quien le regalé un ramo de rosas blancas. Me pidió que fuera por ella, yo era reportero de Novedades Acapulco, teníamos planeado ir a la cárcel a visitar a los presos políticos. La señora es muy firme en lo que dice y en lo que hace, no se quiebra pese a la adversidad. La presidenta del Frente Nacional Contra la Represión me solicitó también que la llevara a la casa del ex guerrillero Juan García Costilla, líder de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria que había sido liberado por una ley de amnistía, junto con el compañero Octaviano Santiago Dionisio y Aquilino Lorenzo Ávila. Anita –esposa de Juan-, mi compañera de Ciencias Sociales  en la Universidad nos dio de comer. Con la aguerrida defensora de los derechos humanos e incansable luchadora por la presentación con vida de los desaparecidos políticos entramos al reclusorio de Las Cruces, allí, el director Agustín Montiel López puso cara de perro, rabiosamente nos puso trabas, se daba vueltas y vueltas en su pequeño despacho de seis metros cuadrados. Desesperado nos gritó que por instrucciones del gobernador José Francisco Ruiz Massieu –cuya foto estaba en la pared atrás de su escritorio, y que un día le dijo Porfirio Muñoz Ledo a Montiel que “ese de la foto debería de estar aquí en la cárcel”-, el permiso agendado desde un mes antes, estaba denegado. Era un doberman enjaulado el jefe de las mazmorras, y la doña con la paciencia del mundo le pidió que no se preocupara. Acto seguido, solo pidió hacer una llamada telefónica, y sin más, la compañera Rosario con memoria fresca y lúcida, marcó y marco números en el disco, y acto seguido le puso la bocina en el oído a Montiel, al carcelero se le salían los ojos, del otro lado de la línea el secretario de Gobernación, le ordenaba desde Bucareli, el acceso a la luchadora social y a su acompañante. El doberman se convirtió en chihuahueño, ya mero nos ponía alfombra roja. A nuestro paso, algunos presos nos gritaban que querían comida, otros, dinero, pero un hombre alto, fornido y hediondo al que apodaban “La Diabla”, denunció que había una bartolina donde segregaban y torturaban a los presos. Esa fue mi nota periodística de ocho columnas al día siguiente. Le decían “El Ceresito”, que después de la denuncia desapareció. Hoy la Cámara de Diputados condecorará a mi amiga Rosario Ybarra de Piedra con la Medalla al Mérito Cívico “Eduardo Neri, Legisladores de 1913”. Por motivos de salud, la homenajeada no estará presente en la sesión solemne en el recinto parlamentario, por lo que a su nombre, acudirá y brindará un mensaje, una de sus hijas. Enhorabuena. Honor a quien honor merece.

COMPARTIR