Contrates

Por: Lariza Pizano

Lo ético es estético, decía Carlos Gaviria Díaz. “Un robo es feo, la corrupción es fea, la ilegalidad es fea, matar a alguien es feo. En oposición, la generosidad y la honestidad son bonitas”, decía en sus conversaciones privadas con los periodistas.

Esa convicción quedó retratada por Ana Cristina Restrepo en la recién publicada biografía sobre Gaviria. En El hereje (Ariel), la belleza queda reflejada en un rostro luminoso y en una personalidad política entrañable. Algo extraño en Colombia, si se considera que las actitudes del poder pocas veces son hermosas y que los editores políticos, poco a poco, han terminado siendo editores judiciales. Testigos comprados, testigos falsos, indagatorias, son los términos que ahora usan quienes escriben del poder.

Gaviria fue todo lo contrario a un político de Twitter y nunca cayó en el reduccionismo que genera tener que decir algo en 280 caracteres. Porque para él la argumentación era clave para sustentar verdades, a veces también contradictorias por cuenta de su defensa de la política partidista, pero nunca implicaron ofensas ni mentiras. Cuenta el libro de Restrepo que Gaviria era capaz de deliberar hasta con Gerlein.

Por cuenta de la honestidad, que según muchos siquiatras y criminólogos se traduce en expresiones faciales, gente de otras corrientes no dudó en admirar al fundador del Polo. Su talante ético y estético lo hacía casi inatacable. Fue respetado por gente de izquierda, de centro y de derecha. Por la academia y los periodistas. Por el poder y las masas. De ahí que las mentiras de quienes compitieron con él en campaña —se lanzó a la Presidencia en 2006— no calaran en la opinión. La decencia lo blindaba.

Es común que en las reflexiones sobre la política siempre se anhele el pasado. Las versiones nostálgicas según las cuales el poder se ha degradado y antes los políticos eran honestos, dignos, y preparados han sido lugares comunes del análisis. Pero con Carlos Gaviria esa versión nostálgica no aplica. Era y seguirá siendo más joven que muchos de los que han hecho campaña a los 40.

Para él no había muertos buenos, ni buenos muertos. “Cualquier muerte que no fuera natural es fea en sí”, decía criticando a guerrilleros, a paras, a cualquiera que justificara una bala.

También consideraba feos, inadmisibles, los ataques a la Constitución, a la que le dio vida y cuerpo como magistrado de la Corte Constitucional. Por ser tan liberal como la carta política, estaría hoy debatiendo con quienes quieren echar para atrás la despenalización de la dosis mínima y desde 2016 han encontrado en la oposición a la paz un elemento para practicar la homofobia y la misoginia.

Si estuviera vivo, Carlos Gaviria Díaz estaría diciendo que es feo que un presidente no acate los fallos de la Corte Suprema, critique las decisiones judiciales por ser opuestas a sus apasionamientos o desconozca que en una democracia el respeto a las instituciones sí importa. “Los que trabajaron con él desde muy jóvenes en el Congreso aseguran que lo desencajaban el uribismo recalcitrante y algunas prácticas que, pese a ser cotidianas, eran intolerables para él”, se anota en su biografía.

 

COMPARTIR