Por Luis Peral

 

La migración es tal vez el principal factor de desarrollo humano desde el inicio de los tiempos, aunque pueda convertirse en un reto, o llegar incluso a percibirse como amenaza desde el mundo desarrollado, si no sabe aprovechar sus beneficios. Los Estados en el marco de Naciones Unidas han negociado durante dos años el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, que será adoptado en Marrakech (Marruecos) en los próximos días. Aunque éste no establece obligaciones (solo recuerda las que ya existen y propone medidas voluntarias para cumplirlas mejor), los gobiernos de Estados Unidos, Australia y Hungría han decidido no firmarlo.

En el mundo hay cerca de 250 millones de personas que han cruzado la frontera con la intención de no volver. El cambio de residencia con el objetivo de trabajar en otro país es mutuamente beneficioso tanto para el migrante como para la sociedad de acogida, al menos en la gran mayoría de los casos. No debería ser tan difícil que fuera positivo en ambos sentidos y en todas las circunstancias. Para ello es preciso información veraz que sirva de base a la acción política, debate público y cooperación, además de un pequeño esfuerzo inversor y cierto grado de conciencia social sobre la necesidad de aplicar las normas internacionales, y sobre todo las propias leyes, con sentido común. El pacto propone, por un lado, crear rutas regulares para la migración que faciliten la movilidad laboral y, por otro, acabar con las mafias de transporte internacional de personas; pero deberíamos ser conscientes de que no puede hacerse lo segundo sin haberse llevado a cabo antes lo primero.

El problema es que no resulta fácil volver a la senda del sentido común cuando las cosas se han sacado de quicio. El discurso político que impera hoy en Estados Unidos o en Australia, así como en algunos países y sectores de Europa y del mundo, manipula y simplifica ciertos hechos para impedir que saquemos provecho de las migraciones. Algunos se empeñan en que todos salgamos perdiendo, ya se trate de la riqueza que deja de obtener el mundo desarrollado, o de la vida que tienen que arriesgar quienes intentan llegar a ese mundo.

No explotar al migrante. Aprovechar los beneficios de la migración no es, desde luego, aprovecharse del inmigrante. Más aún, haciendo esto no obtendremos jamás beneficios: ¿quién que sea explotado puede desarrollar plenamente sus capacidades y demostrar su valía? Las normas que protegen los derechos humanos básicos y el principio de no discriminación por razón de la nacionalidad son positivas tanto para el extranjero como para la sociedad que lo acoge.

La persona inmigrante que ha cruzado la frontera, no es perseguida en su país de origen y que no está en situación regular, puede ser expulsada al Estado del que es nacional. Mejor esto que explotar. La expulsión tiene que hacerse de modo que la vida o libertad de esa persona no corran peligro. Un refugiado se distingue del migrante porque cruza la frontera escapando de la persecución y no puede ser expulsado al lugar desde donde huye, pero la norma se aplica también a cualquier persona que pueda llegar a ser perseguida como consecuencia de una expulsión. Hay que analizar caso por caso: las expulsiones colectivas (también de inmigrantes en situación irregular) están siempre prohibidas.

 

Mientras la persona inmigrante no sea expulsada, hay que tratarla según los principios básicos de la dignidad humana. Cuando el/la inmigrante encuentre trabajo, hay que darle los mismos derechos que a cualquier empleado/a, aunque cabe establecer limitaciones si el trabajo es irregular. Cuando el empleo irregular se prolonga en el tiempo, parece razonable regularizar la situación, ya que no cabría negar que exista de hecho necesidad de contratar a esa persona. Y no cabe denegar el acceso a la justicia en casos de explotación o abuso.

El pacto de la ONU hace hincapié en la necesidad de crear condiciones para la resiliencia y la autosuficiencia de los inmigrantes y propone medidas de empoderamiento tanto de la población inmigrante como de la sociedad de acogida. Para ello, es preciso integrar la migración en los planes nacionales de desarrollo.

Aplicar las leyes propias. No es fácil saber cuántos migrantes necesita un país en cada momento. Sí sabemos que  estos se establecen en Estados en los que existen oportunidades de trabajo, sea o no en el marco de la economía formal.

Si el factor de atracción más poderoso es la economía informal o sumergida, la principal responsabilidad de la migración irregular es, por tanto, nuestra. Los ciudadanos y los gobiernos de los Estados desarrollados prefieren, sin embargo, incumplir las propias leyes y echar la culpa al que viene de fuera y está en una situación de debilidad. Si para resolver un problema es necesario primero definir sus causas y consecuencias, y adjudicar las responsabilidades, del modo más objetivo y riguroso posible, ¿por qué no se hace así en el caso de la migración irregular?

Promover la veracidad. El primero de los 23 objetivos del nuevo pacto de la ONU propone obtener y utilizar datos desagregados sobre las migraciones para diseñar políticas públicas con base científica y favorecer un debate público informado que contribuya a acabar con la discriminación. Las encuestas, los indicadores cuantitativos y cualitativos, la medición del impacto y las tendencias, y el análisis de modelos nacionales, así como de los factores de atracción, deben sustituir a los estereotipos y falsedades, y a las incriminaciones delictivas, en el ámbito de la migración.

Hay que poner coto a las noticias falsas que demonizan a los inmigrantes y favorecen la discriminación y la persecución colectiva, equilibrando la libre expresión con el derecho a la información veraz, y desarrollando incluso un derecho colectivo al honor. En vez de lanzar proclamas y eslóganes sobre la migración, ¿no sería mejor que los políticos y los líderes de opinión confiaran en datos veraces y en las valoraciones más objetivas de grupos de expertos independientes? ¿No sería mejor que creasen o impulsasen mecanismos no manipulables de seguimiento integral del fenómeno migratorio?

La persona inmigrante que carece de información veraz sobre dónde hay trabajo acaba poniéndose en manos de mafias para dirigirse al país equivocado. El gobierno que carece de datos contrastados que le permitan destinar recursos a la integración acaba desaprovechando el beneficio de la migración. La sociedad en la que predominan las noticias falsas acaba viendo en cada persona inmigrante a un terrorista. Y aquí arranca un círculo vicioso: tal como está demostrándose en el caso de los refugiados que viven en campos, la radicalización no tiene fundamento en la escasez o la pobreza, sino en la marginalización y la exclusión.

Todos los análisis independientes concluyen que la cooperación internacional es esencial para aprovechas los beneficios de las migraciones, comenzando por la recopilación de datos, que supone armonizar sistemas nacionales y crear centros de análisis regionales y a escala global. No cooperar, también en este caso, es perder oportunidades. ¿Por qué, entonces, la cooperación entre países brilla por su ausencia en el caso de las migraciones?

Cooperar globalmente. El sistema de la ONU carecía, hasta hace apenas dos años, de una organización cuyo mandato se centrase en las migraciones. No es que la inclusión de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) en el sistema de Naciones Unidas sea la panacea, porque carece de capacidad reglamentaria o ejecutiva, pero al menos indica que los Estados comienzan tomar conciencia del alcance y las implicaciones del problema. Según el nuevo Pacto, salvar vidas de personas inmigrantes es una “responsabilidad colectiva”; y los Estados se comprometen a reforzar la cooperación mediante “alianzas globales y solidarias”.

Los países que sufren hoy la embestida de las fuerzas de la globalización están condenados a cooperar, o serán cada vez más irrelevantes. Para devolver a la persona inmigrante a un lugar en que no sea perseguida o para regular las remesas, la cooperación internacional es hoy la única manera de ejercer soberanía. Pero la política migratoria sigue siendo westfaliana; y por ello no aprovecha la dinámica de la globalización, como hace, por ejemplo, la política comercial. Ni siquiera la Unión Europea ha desarrollado una política migratoria común, lo que contribuye en gran medida a la ineficacia de su política común de asilo.

Innovar, innovar, innovar. Además de compilar obligaciones, el pacto de la ONU sugiere medidas no obligatorias para cumplirlas mejor, pero entre la adhesión a una obligación internacional y su efectivo cumplimiento a veces media un abismo. Hay que forjar consensos nacionales no partidistas y fortalecer la confianza entre Estados, y también hay que acabar con el inmovilismo burocrático y social, para salvaguardar nuestros propios intereses.

El pacto de la ONU propone, por ejemplo, establecer sistemas biométricos de identificación humana, así como mecanismos de reconocimiento de capacidades y habilidades de la persona inmigrante que puedan ponerse en relación con las posibilidades de trabajo en cada país y en cada zona de éste y para lo que ya existen, por cierto, experimentos con algoritmos basados en big data. La tecnología puede ayudar a revolucionar el modo en el que se da respuesta al fenómeno de las migraciones, pero no sirve de mucho si no hay un buen plan. Si las respuestas e incluso las normas vigentes no ofrecen soluciones a un problema tan grave, ¿por qué no buscar nuevos caminos que no sean solo más restrictivos?

La migración circular podría abrir espacios de cooperación, por ejemplo, en los países mediterráneos, o incluso globalmente, permitiendo sucesivas estancias temporales de ciudadanos de los países del sur en los del norte, y evitando que quienes logran entrar decidan no salir nunca para no arriesgar su vida de nuevo.

Las personas inmigrantes y refugiadas no constituyen nunca, ni siquiera cuando llegan en masa a la frontera, un problema de seguridad. Sin embargo, la falta de respuesta adecuada a la migración y a la persecución puede convertirse, como hemos visto en Europa, en una grave amenaza a la seguridad, así como a la democracia y a la propia identidad europea. Una vez más, la responsabilidad es en gran medida nuestra. Aunque cambiar las percepciones y sentar las bases para aprovechar los beneficios de la migración no fuese tan sencillo como parece, el riesgo es demasiado alto como para escatimar esfuerzos. Y por eso es urgente evitar, como primera medida, que algunos políticos irresponsables en los países desarrollados sigan falseando verdades y atizando el miedo para llevarnos a la ruina.

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