Por: Fernando Hinterholzer Diestel

Las elecciones  de ayer, serán recordadas por muchas razones ya que  vivimos el proceso electoral más grande y competido del país. Después  de las  reformas y cambios de fechas, además de la elección presidencial, se disputaron nueve gobiernos locales, incluido el de la Ciudad de México y más de tres mil 400 cargos de elección popular.  Fue la primera vez que no compitieron los partidos políticos por sí solos, ya que los tres candidatos fueron postulados por coaliciones; hubo un candidato independiente como aspirante a la Presidencia de la República; estos comicios fueron precedidos por una violencia inédita contra candidatos locales y, además, los candidatos a diputados y concejales seleccionados.

La conjunción de tantos comicios, fue en emérito de las elecciones locales. La fuerza de las campañas presidenciales motiva a que la mayor parte del electorado se olvide, de los antecedentes personales y hasta los nombres de los candidatos a los congresos federal y estatales. Después de las reformas constitucionales al artículo 41 de la Constitución, la regulación de los partidos políticos y los procesos electorales ha sufrido múltiples modificaciones, debido a las experiencias y desconfianza entre los propios partidos. Las campañas electorales  tuvieron un jugador determinante que distorsionó todo el proceso, y estas fueron las encuestas. No hubo nada que tuviera tanto peso mediático que estos ingredientes, que dejaron de ser un instrumento de medición y consulta, para transformarse en un factor que determinó el rumbo de las contiendas en los medios de comunicación escrita, redes sociales, así como en radio y televisión.

Pero de qué forma determinaron su votos los millones de electores que sufragaron este 1 de julio, primordialmente los votantes emitieron su sufragio con un efecto de castigo al partido en el poder (PRI), por la forma de desgobernar y los agravios sufridos en estos casi 6 años que tienen en el poder por el “grupo atracamucho y sus secuaces” léase la corrupción rampante, la impunidad imperante y la violencia e inseguridad en todo el país, que ya da muestras de una descomposición social que aterroriza a propios y extraños, sin gobernabilidad y un tejido social desdibujado. La población les estará cobrando la factura y en estos momentos con los resultados electorales, el mal gobierno estará pagando la factura de sus múltiples estulticias, ignorando los reclamos sociales y la realidad que se vive en el día a día del país.

Lo más grave de todo esto, es que las quejas generalizadas de la sociedad siempre fueron minimizadas e impertinentes para la burbuja del poder peñista, que al final del día menospreciaba y trataba de acallar con publicidad oficial que regañaba a las voces que señalaban los graves errores e inconformidad ciudadana, insistiendo en los “grandes logros de unas reformas estructurales” llegarían, lamentablemente nunca llegaron ni llegaran, porque las reformas estructurales fueron planeadas (como siempre) para beneficiar a los dueños del gran capital y ahora socios de estos “cleptocratas peñistas”, no para beneficiar a la sociedad y pueblo de México. Los indicadores son innegables, gasolina y gas muy caros, energía eléctrica por las nubes. El haber descuidado la seguridad pública le abonó al gobierno priísta, el repudio social, ya que esto trajo consecuencias en la economía, la inversión y en el bolsillo de los mexicanos, que es donde más duele.

Hoy en día, nuestra todavía incipiente democracia, la economía, y el Estado de Derecho están en peligro. Es por esto que sin temor a equivocarme, el triunfo ya inminente de AMLO es un hecho contundente y consumado. Tardé 3 horas en votar en una casilla especial de San Cristóbal las Casas, Chiapas, la población estuvo votando con fe y ahínco esperando echar fuera  a la podrida clase gobernante del PRI Gobierno   y una nueva esperanza renacerá en el pueblo y la sociedad de todo el país. Ni un voto al PRI nunca más.

ES CUANTO.

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