Por: Luciana Cadahia*

El autor como productor, el filósofo alemán Walter Benjamín decía que todo cambio estético-político debía construirse en la lucha por las formas narrativas. A su entender, no se trataba tanto de los contenidos a transmitir como de la manera en que los mismos aparecían como figuras dentro de una práctica narrativa y transformaban la forma de nuestra sensibilidad. Benjamín creía que en la forma de narrar se jugaba la posibilidad misma del cambio político. Estas reflexiones elaboradas en los años 30’, en pleno auge del fascismo, nos han permitido construir todo un marco interpretativo para pensar nuestras realidades y estar atentos a esos cambios que, muchas veces, parecen casi imperceptibles a la tiranía de la actualidad y de la coyuntura. Por eso, si miramos el actual escenario electoral colombiano bajo el prisma benjamineano, creo que podemos sacar una serie de conclusiones, más allá de los diagnósticos que pretenden reducir toda la escena al cálculo electoral.

Hasta el comienzo de estas elecciones, el campo adversarial en Colombia se dividía entre la hegemonía uribista y sus detractores consensualistas.  Es decir, entre una jerga construida con pulso político, interesada en sacar a relucir un sentimiento popular reaccionario, violento y teológico y una reacción liberal-conservadora, en algunos casos preocupada por elaborar un discurso postpolítico, cuyo barniz técnico-jurídico fuera capaz de neutralizar cualquier dimensión política del espacio narrativo. De esta manera, el terreno se dividía entre “los señores de la guerra” -asociando la política a esta dimensión incendiaria y bélica- y los “técnicos-progresistas” -preocupados por vincular cualquier imaginario de progreso social con la ausencia de conflicto político.

 

Si prestamos atención a la estrategia electoral de la mayoría de los candidatos, nos damos cuenta que organizaron sus estrategias de campaña sobre la base de esta división discursiva. Teníamos, por un lado, a Iván Duque, representante del discurso bélico y reaccionario -aunque adornado con cierta estética empresarial de hombre exitoso; el joven gerente de banco-. Y, del otro lado, a Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, en el papel de los sensatos moderados. Vargas Lleras nunca acabó de decidirse por una de las dos estrategias discursivas y, en su intento de sintetizarlas, naufragó para comunicar cualquier mensaje y quedó a merced, no ya de un relato, sino de una máquina de sumar votos. De la Calle, en cambio, puso todas las fichas en construir su narrativa desde la Paz y en el postulado de una gran reconciliación del pueblo colombiano. Es decir, una especie de consensualismo con un proyecto de justicia social determinado por el cumplimiento de los Acuerdos de Paz. Fajardo, por su parte, fiel al legado mockusista, apostó por una estética que recuerda a las campañas de marketing de las startups, con su apelación a la innovación, al espíritu empresarial y a una idea típicamente post-política de la inversión social. Con estrategias semejantes se dieron el triunfo de Macri en Argentina con el Pro y el ascenso de Albert Rivera en España con Ciudadanos. Se trata de algo así como la versión pop de la pospolítica, interesada en crear identificaciones afectivas desde la sensibilidad neoliberal, cuyo arco emocional va desde el discurso del emprendedurismo hasta una idea individualista y consumista del ciudadano medio.

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