Guillermo Hernández Acosta

Ante la falta de oportunidades para acceder a un empleo bien remunerado, Rocío Hernández Galeana, decidió emprender un negocio que sólo estaba destinado a los hombres porque se trata de construir cocoles o zarangolas (culebrinas) que en estos primeros meses del año surcan el cielo empujadas por el constante viento.

 

Chío la cocolera como la conocen en el barrio de los bandolones, aprendió a elaborar estos artefactos viendo a sus primos y vecinos que desde muy temprano se levantaban a cortar varas de la penca del cocotero, unirlas con hilos de cocer ropa y posteriormente cortar los pedazos de papel de China.

 

Los diseños son variados, hay quienes prefieren figuras de animales, otros rombos, triángulos, cuadrados y escudos de los equipos de fútbol de la liga nacional, “confeccionamos los diseños que nos pidan y en un día llegó a terminar hasta 35 cocoles”, dijo.

 

Abundó que los precios oscilan entre los 30 a 40 pesos dependiendo el tamaño y los colores que se van a utilizar lo que le permite tener un dinero extra para apoyar a sus papás en la economía de la casa.

Contrario a lo que antaño se utilizaba para elaborar el esqueleto del artefacto que era de la penca del cocotero, Chío utiliza finas varas de madera de pino que su papá corta en la carpintería, ya que aseguró es más liviana y absorbe el mejor pegamento para pegar el papel.

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