Rose Migiro

El mío es un trabajo singular que me permite reunirme, en el lapso de pocas horas, tanto con un presidente como con una madre sin hogar. Y ambos me dijeron lo mismo.

Tres meses después del terremoto que devastó Haití, el presidente Préval me dio la bienvenida en sus oficinas de Puerto Príncipe, un modesto edificio ubicado en el jardín de atrás del palacio presidencial en ruinas. De inmediato dijo que la educación debe ser una piedra angular del esfuerzo internacional para reconstruir Haití. Sin eso, no hay futuro.

Poco después, visité tiendas de campaña donde vivían miles de familias desplazadas. Una madre, de delgada figura, hizo que su niño, de mirada vivaz y no más de 8 años de edad, se acercara a mí. “Quiere aprender”, me dijo con calma e insistencia. “Dele la oportunidad”.

 

Dos personas que ocupan posiciones muy distintas en la vida. Sin embargo cada una transmitió un mensaje que escuché una y otra vez durante los dos días en que permanecí allí. Los haitianos quieren y necesitan nuestra ayuda. Pero cuando se trata de los trabajos de reconstrucción de Haití, quieren hacerlo por sí mismos. Y ese trabajo empieza con la escuela.

 

La educación es la clave para un trabajo digno, sobre todo en un país como Haití, donde el desempleo es elevado y los trabajos son escasos. Pero también hay una realidad más inmediata. Después del desastre, la escuela hace mucho más que promover el aprendizaje: da a los niños un sentido de normalidad en medio del caos. Es el lugar que brinda seguridad y cobijo. Por encima de todo, ofrece esperanza para el futuro.

 

Cuando la gente vive casi en la desesperación sin alimentos, remedios ni refugio esas cosas importan más que nunca. Es por eso que la misión de las Naciones Unidas en Haití, en estrecha colaboración con el gobierno y las organizaciones internacionales de asistencia, han trabajado para que se reabran las escuelas lo antes posible. Las madres y los niños son especialmente vulnerables. Después de pasar una tarde en un campamento y acompañar a una patrulla nocturna esa noche, conocí sus temores y frustraciones. Cuando llueve, el suelo se convierte en lodo. Las tiendas se derrumban y la gente no tiene un lugar seco para dormir. Y por supuesto, en los lugares oscuros suele haber violencia y violaciones.

 

Las Naciones Unidas han logrado adelantos para resolver todos esos problemas. Mi razón principal para ir a Haití fue obtener información actualizada sobre la situación y nuestra respuesta. Pero a medida que nuestra atención se aparta de la crisis inmediata para centrarse en la recuperación a más largo plazo, advertí con claridad lo que se necesita por encima de todo: la autosuficiencia. Los haitianos que conocí lo expresaron de la mejor manera. “No queremos limosnas” gritó un grupo de jóvenes desempleados en Leogane, el epicentro del terremoto, para desahogar su frustración mientras yo visitaba su campamento. Sus familias habían perdido la mayor parte de sus posesiones, pero su orgullo estaba intacto. “Dennos escuelas, nosotros nos encargaremos del resto”.

 

Es un desafío de enormes proporciones. Incluso antes del terremoto, las tasas de analfabetismo de Haití se encontraban entre las más altas del hemisferio y las tasas de matriculación entre las más bajas. Dos adultos de cada cinco no sabían leer y menos de la mitad de los niños en edad escolar asistían a clases. Las cifras de la escuela secundaria eran aún peores: menos del 2% de los niños terminan sus estudios.

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