Por Ignacio Hernández Meneses / Fotos: David Guzmán

 

Jovita es un ejemplo de maestra, no hace paros ni marchas, tiene vocación pero no tiene título y no cobra salario pero da clases a comerciantes ambulantes, los más pobres de los pobres, a quienes enseña a leer y escribir y hasta inglés, en la única escuela del puerto que está a la orilla del mar, la Academia de la Playa.

Originaria de Suiza, pero se siente más mexicana que la barbacoa, el mariachi  y el tequila que tanto le gusta, y todos los días se ha trazado como misión, su proyecto “Pro Poors”, educar en pro de los indigentes, de los que nada tienen, los más pobres.

“La educación es una herramienta para formar a las niñas y los niños, para alimentar sus conciencias, para que se preparen para la vida, para desarrollar sus habilidades y vocaciones”, así definió Jovita Cavigelli su tarea, en la que refleja un profundo compromiso social con la gente que no es propiamente su país, su patria, pero ella dice que es un quehacer que fortalece su vida y a de su familia.

Todos los días, coloca butacas y pizarrones sobre la playa ubicada atrás del Sanborns Café, en los accesos a la playa de Hernán Corteés y Gonzalo de Sandoval, y hasta allí llegan comerciantes ambulantes indígenas, vecinos de Renacimiento y de la colonia Emiliano Zapata, y de otros puntos circunvecinos.

 

“¡También educamos para la paz…!

 

Las niñas y niños también reciben asesoría para hacer sus tareas escolares ordinarias, y a los que no van bien en matemáticas igual reciben ayuda de Jovita y de su equipazo de maestras y maestros que le ayudan a sacar adelante a “Pro Pors Academia de la Playa, donde todos son bienvenidos.

Sobre la arena y las conchitas de mar, el salón no necesita de aire acondicionado, ni cancha deportiva, lo tienen todo, es la escuela de los vientos, y pueden jugar en la cancha más grande, la arena de la bahía da Santa Lucía.

De ojos claros como sus propósitos en cada tarea que deja a sus alumnos, “educar para la paz, por la armonía, de que luchemos porque seamos iguales en pensamiento, en hacer el bien”, y es que ella está muy de acuerdo en que solo en un ambiente de amor, paz y libertad, se aprende y se enseña mejor.

Jovita también y sus compañeros ayudan a las familias de sus educandos. No tiene salario ni da boletas ni certificados, pero ayuda a ayudar a que sepan leer y escribir, “a que hoy construyan su futuro”.

Jovita aconseja, a veces les da alimentos, también les apoya en ocasiones para sus pasajes para que puedan ir a sus clase. Dice que con la ayuda de Dios les regala ropa, cuadernos, lápices.

Es maestra de corazón, palabra y pensamiento.

Ojalá y hubiera más jovitas para las niñas y niños pobres de Acapulco.

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