Por Marco A. Morales

Un gobierno que no participa en el exterior y que no acepta la presión internacional es un gobierno que se protege anticipadamente de críticas.

Hace poco más de tres meses que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador asumió el poder. Desde tiempos de Roosevelt, usamos esa marca para evaluar la dirección de un nuevo gobierno. Cuatro tendencias describen los primeros 100 días de esta administración.

Primero, el desmantelamiento de las instituciones y el fortalecimiento del poder personal del presidente. Las acciones han sido paulatinas pero constantes. El proceso comenzó con el uso de “consultas” para sobreseer las barreras técnicas para tomar decisiones arbitrarias, pasando por el debilitamiento de las capacidades técnicas en la Administración Pública Federal causadas por la reducción de salarios y la contratación de personas sin las calificaciones necesarias en su lugar.

Abona también la concentración de control político de la Federación en unos super-delegados que reducen aún más la capacidad de operación de las Secretarías de Estado, o la concentración de la relación con los medios de comunicación en una sola ventanilla en la Secretaría de Gobernación. Continúa cuando ataca frontalmente a funcionarios que lo critican o se le oponen.

Con cada arremetida, se resquebrajan las barreras que evitan el ejercicio subjetivo del poder.

Segundo, el cierre del país al exterior. Hace un par de décadas, y con la oposición del PRI y de la izquierda abanderada entonces por el PRD, México empezó a emparejar su apertura política con su apertura comercial. Fue un cambio en su concepción global y en aceptar su responsabilidad para evitar embates contra la democracia y los derechos humanos. Participar con este propósito en la OEA y otros organismos internacionales también implicó abrirse a que otros países pudieran revisar el desempeño de la democracia y la protección de los derechos humanos en México.

Los primeros 100 días de esta administración han comenzado a revertir dos décadas de avances en política exterior. Un gobierno que no participa en el exterior y que no acepta la presión internacional es un gobierno que se protege anticipadamente de críticas e intervenciones motivadas por sus embates internos contra la democracia y los derechos humanos. El regreso de la “Doctrina Estrada” alinea a México con las posiciones de Rusia, China, Corea del Norte, Cuba, Bolivia, Venezuela, Vietnam, Siria… y conocemos su aprecio por la protección de los derechos humanos y la democracia.

 

Con la crisis humanitaria en Venezuela, la llamada cuarta transformación hizo un anuncio tácito al mundo: México renuncia a intervenir en el mundo a cambio de que nadie denuncie lo que pase en México.

Tercero, la polarización en el país. La sustentabilidad de la aprobación del presidente López Obrador depende, en el largo plazo, de mantener un país polarizado. Durante los últimos 100 días, el discurso presidencial que promete reparar la dignidad de quienes se sienten marginados o atacados ha separado al país en dos grupos irreconciliables.

En un país donde fifís y chairos ven en el otro una amenaza a su existencia, el presidente tiene garantizada una base permanente de respaldo. Donde el respaldo nada tiene que ver con su desempeño en el cargo, aparece un presidente que no tiene límites.

Durante los últimos 100 días, las “benditas redes sociales” (AMLO dixit) continúan haciendo el trabajo sucio. Cada mañana los mexicanos refuerzan su percepción de los otros como una amenaza, y comparten nuevas razones que les aseguran que no se equivocan.

Cuarto, las realidades alternativas. Cada mañana durante los últimos 100 días, el presidente ha comunicado al país el estado de la realidad según lo percibe. Desde el podio de las “mañaneras” traduce los eventos del día anterior, interpreta hechos y cifras, acosa a sus adversarios o crea nuevos enemigos, no de su gobierno, sino del pueblo al que busca proteger. El presidente siempre tiene “otros datos” que sustentan su narrativa. Un presidente que reinventa la realidad es uno que no tiene que rendir cuentas a nadie más que a sí mismo.

Nada indica, hasta ahora, que algo vaya a cambiar en la operación de este nuevo gobierno. De hecho, es el mismo guion que vimos cuando fue Jefe de Gobierno en el entonces Distrito Federal. Si algo podemos esperar es la profundización de estas prácticas.

La desigualdad en México tiene una repercusión adicional: estos debates sobre el rumbo del país, desafortunadamente, suceden entre quienes tienen el lujo de poder dedicar tiempo a debatir tendencias políticas. El resto de la población atiende problemas más inmediatos como resolver su situación en el siguiente día, la siguiente semana o el siguiente mes.

La llamada cuarta transformación, sin duda, ha transformado a México en estos primeros 100 días. No hacia un país de instituciones; comienza el regreso al país del caudillo. El gran riesgo es que el país se dé cuenta demasiado tarde de la vuelta al pasado.

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